NO HAY REVOLUCIONES TEMPRANAS..... NACEN DESDE EL PIE!

1 abr 2010

¿Foquismo? (A propósito de Mario Roberto Santucho y la tradición guevarista [1]): Nestor Kohan

"texto extraido del sujeto y el poder"

La clase de hoy, que es también un modo de expresar nuestro homenaje cuando se cumplen 26 años de su asesinato[2], contribuyendo a los muchos homenajes y recordatorios que se realizarán, se propone tratar de analizar los núcleos centrales del pensamiento teórico y político de Mario Roberto Santucho (1936-1976) y su relación con el Che Guevara. Para no quedarnos en un mito. Porque así como la derecha intenta convertir a nuestros mejores compañeros en mitos –como pretendieron hacer con el Che- también con Santucho sucede algo análogo. Aunque seguramente no al mismo modo del Che porque nadie usaría remeras con la cara de Robi [sobrenombre de Santucho]...ya que Santucho sigue siendo un personaje “endemoniado” para la sociedad oficial argentina. Pero a su modo, la derecha ha construido el mito de Santucho..., el “tira-tiros”..., el “tira-bombas”..., y entonces a veces los sectores populares, para contrarrestar y responder a esa visión macartista y oficial, terminan aceptando y reivindicando esa misma imagen de Santucho, aunque invertida, sin atender al conjunto de su obra, su pensamiento político y de su personalidad. Para la cultura oficial argentina, el sólo hecho de mencionar o escribir el nombre de Santucho constituyó durante décadas un “pecado” imperdonable. Santucho fue en los labios del poder el sinónimo de todo aquello que, en tiempos del general Videla, se pretendió aniquilar y, durante las dos décadas siguientes, extirpar de la memoria popular. En los relatos ensayísticos y periodísticos posteriores a la dictadura militar, su corriente política fue estigmatizada y satanizada hasta el hastío. Aunque esa demonización de la izquierda revolucionaria apuntaba contra el conjunto de la generación de los ’60 y ’70, los ideólogos del poder se ensañaron con la figura de Santucho. Se lo convirtió en un fantasma monstruoso y maldito. Sometiendo a discusión esos relatos apologéticos y oficiales, no podemos analizar su pensamiento sin antes dejar bien en claro que esa generación, la generación de Robi Santucho y sus compañeros y compañeras, no se lanzó a la insurgencia y a la lucha armada ni arriesgó su vida porque le surgió repentinamente un “delirio mesiánico” -como nos dice hoy toda la derecha-, ni tampoco porque era “foquista” –como nos sugiere alguna parte de la izquierda-, sino porque había realizado un meditado análisis previo de la historia social del continente y de sus condiciones políticas. La lucha político-militar de la corriente de Santucho no fue ni “irracional” ni “demencial” ni respondía a un deseo de “adrenalina”. No eran “jóvenes dementes y aventureros” ansiosos por vivir peripecias extrañas o extravagantes. Existía en ellos y ellas un tipo de análisis específicamente político, sustentado en una elaborada reflexión sociológica e historiográfica sobre las contradicciones del capitalismo argentino y la impotencia histórica de sus clases sociales dirigentes y dominantes para emancipar el país. A contramano de lo que sugieren los relatos del poder y los politicólogos adscriptos a la teoría socialdemócrata de “la transición a la democracia” (que satanizaron a la insurgencia guevarista responsabilizándola, incluso, por el golpe de 1976), en la tradición marxista la lucha político-militar en la que Santucho entregó su vida ha sido siempre prolongación de un pensamiento político y de una lucha política, y no al revés. Robi lo tenía muy presente. Luego de años y años de propaganda burguesa que intentó demonizar a estos revolucionarios, remarcar ese tipo de pensamiento específicamente político resulta hoy impostergable. Esta es la razón por la que, en las líneas que siguen, nos interesa analizar las categorías políticas que estructuraron la visión social del mundo de Robi y cómo éstas fueron transformándose a lo largo del tiempo... porque nadie nace marxista, ni socialista, ni comunista, ni revolucionario, sino que se va construyendo como tal. Por eso nos interesa discutir la conformación del pensamiento real de Santucho. Antes de abordar directamente nuestro tema conviene realizar una mínima aclaración. La relación de Santucho con el guevarismo en general, y con Ernesto Guevara en particular, no es una relación directa, en el sentido que Santucho nunca conoció personalmente al Che. Nosotros ponemos el énfasis en una relación política y en la continuidad de una línea ideológica, no en la cuestión biográfica de si conversó o tomó café con el Che. Porque en el mismo sentido, a Marx, Lenin no lo vio nunca, Gramsci tampoco. Jamás se sentaron a tomar cerveza con Marx, ni con Engels. Fidel Castro nunca compartió una velada con José Martí. Sin embargo, pocos pondrían en discusión que entre ellos existe una estrecha ligazón. En el caso de la relación de Santucho con el Che sucede lo mismo, a nivel biográfico quizás nunca se cruzaron pero hay una trayectoria político-ideológica marcadamente común... Una de las hipótesis de trabajo que se podrían plantear es que Santucho forma parte del marxismo latinoamericano. Es parte de su historia, de una historia que no nace en los años ’60 sino que es muy anterior. Eso se nota en la primera formación ideológica de Robi. Entre los muchos hermanos de la familia Santucho, uno de ellos, Amílcar, era del Partido Comunista (PCA) argentino. Otro de ellos, que tuvo mucha más influencia sobre Roberto, Francisco René, era indigenista, “aprista”, seguidor del APRA [Alianza Popular Revolucionaria Americana, organización política peruana surgida en la década de 1920 que sigue existiendo en la actualidad]. Francisco René dirigía una librería en la provincia de Santiago del Estero y publicaba una revista llamada Dimensión. Este hermano de Robi estaba muy influido por la ideología de Víctor Raúl Haya de La Torre, en sus comienzos. Según los parámetros de esta cosmovisión inicial compartida por Mario Roberto y Francisco René, que luego entra en crisis a partir del cruce con la organización Palabra Obrera, nuestro continente era denominado “Indoamérica” y no Latinoamérica. En una aclaración al pie que figura en un texto de 1959, titulado Integración de América Latina, Francisco René señalaba que: “Preferimos indoamericano a latinoamericano o hispanoamericano, por las mismas razones aducidas por los apristas peruanos generalizadores del término. Creemos como ellos que así se define mejor una peculiaridad que hoy se da en el hemisferio” [3]. De este modo, el primer guía intelectual de Mario Roberto Santucho sigue casi al pie de la letra a los discípulos de Haya de La Torre. Su razonamiento es el siguiente: el componente fundamental de este continente es indígena, por lo tanto vamos a referirnos siempre a Indoamérica. De ahí que la primera organización política en la que participan estos hermanos (Francisco René y Mario Roberto) se llama Frente Revolucionario Indoamericanista Popular (FRIP). Francisco René es el hermano que más influencia tiene sobre Roberto. Esta tradición de pensamiento indoamericanista también está presente en otros revolucionarios latinoamericanos de aquella época. El indoamericanismo se planteó principalmente a nivel historiográfico, es decir, a la hora de explicarse la propia historia de nuestra América, como la llamaba José Martí. Tratando de ver qué herramientas utilizaban a nivel historiográfico para explicarse la historia de Indoamérica, uno encuentra que, además de los textos de Haya de La Torre, también utilizaban los libros de Juan José Hernández Arregui, un escritor del interior de nuestro país, un hombre muy erudito. Hernández Arregui tenía una hipótesis muy fuerte: era muy crítico de la ciudad de Buenos Aires. Sostenía que Buenos Aires, la capital de la Argentina, era una “ciudad-puerto de espaldas al país y de cara a Europa”, en cambio el interior era explotado, el interior... era Indoamérica. Buenos Aires pertenece a Europa. Aunque, a diferencia de Haya de la Torre, Hernández Arregui era muy hispanista, él defendía mucho la herencia española en nuestra historia (esa era una diferencia importante con los indoamericanistas...) por oposición a la historiografía liberal que era más anglófila. En los orígenes del FRIP encontramos esta idea de que Buenos Aires está de espaldas al país. No se dice que es “una ciudad burguesa” pero se tiende a pensar de este modo..., y también nos encontramos con la idea que la vanguardia revolucionaria de la clase trabajadora se encuentra en el noroeste Argentino. En esos primeros documentos del FRIP de inicios de los ’60 y en esa primera formación ideológica también se utilizaban categorías de Silvio Frondizi, un sociólogo e historiador que al igual que el anterior era crítico del tipo de desarrollo del capitalismo argentino. Pero a diferencia de Hernández Arregui, Silvio Frondizi no era peronista ni nacionalista. Cuestionaba muy duramente la supuesta “progresividad” de la burguesía nacional y en consecuencia del peronismo. Silvio Frondizi [4] no sólo aportaba sus análisis sociológicos a los ojos de estos jóvenes con inquietudes revolucionarias y contestatarias. También les proporcionaba una pista importante para descifrar la revolución cubana, a la cual Frondizi adhería en forma entusiasta ya que la había conocido de primera mano. Las tratativas para que Silvio Frondizi pudiera viajar a Cuba estuvieron a cargo de Ricardo Napurí (militante de origen peruano, radicado en Argentina, del grupo Movimiento de Izquierda Revolucionaria-MIR Praxis, liderado por Silvio Frondizi). En Buenos Aires, Napurí venía formando parte del Comité de apoyo al Movimiento 26 de julio que se gestó en 1956. Cuando triunfa la revolución, viaja inmediatamente a La Habana (8 de enero de 1959) junto a la madre del Che y a numerosos residentes cubanos en la Argentina. Según el testimonio posterior de Napurí, en esos meses Guevara plantea que se necesitan intelectuales para discutir con el movimiento estudiantil cubano. Napurí sugiere el nombre de Silvio Frondizi. Éste viaja a La Habana invitado por el Che y tiene con él varias entrevistas, tras las cuales Guevara le sugiere que permanezca en Cuba trabajando en la esfera de la cultura y la ideología. Silvio Frondizi decide volver para Argentina pero ofrece su colaboración proponiendo una editorial vinculada a la revolución cubana con sede en Montevideo. A su regreso, redacta y publica en Uruguay La revolución cubana. Su significación histórica (diciembre de 1960). En este texto, Silvio Frondizi propone una interpretación del proceso revolucionario cubano sumamente diferente al que luego consagrarán los partidos comunistas latinoamericanos vinculados a la Unión Soviética. Su libro se abre planteando que “La revolución cubana ha destruido definitivamente el esquema reformista y, más concretamente, el esquema reaccionario del determinismo, casi fatalismo geopolítico [...]” y se cierra sosteniendo la misma idea: “La revolución cubana tiene como significación histórica fundamental, la de haber roto definitivamente «con el esquema reformista, y en particular con el estúpido determinismo, casi fatalismo geopolítico»”.

Al mismo tiempo, en este primer balance de la revolución, Frondizi formula uno de los primeros diagnósticos (antes que Fidel declarara públicamente el carácter socialista de la revolución) del proceso cubano en términos de revolución ininterrumpida y permanente: “Empezó, como ya lo dijimos, con caracteres pequeño-burgueses de frente nacional, sin discriminaciones de ninguna clase; su meta fue al comienzo el derrocamiento de la dictadura de Batista. Bien pronto se transformó en una lucha antimperialista, con un frente más restringido, para concluir en una acción en profundidad en contra de determinados sectores de la burguesía nacional; es decir empieza a colocarse en los umbrales del socialismo” [5]. En ese mismo libro, Frondizi vaticina que, en el orden interno, se plantea una disyuntiva: o la revolución cubana se industrializa o se detiene (abriéndose, entonces, el peligro para su burocratización). De igual manera, propone que el mejor modo de frenar la ofensiva imperialista consiste en internacionalizar la revolución cubana. Todo este tipo de observaciones y sugerencias giran en torno a la polémica del autor frente a las posiciones de los partidos comunistas tradicionales a los que califica de “reformistas” y “etapistas” y, por eso mismo, opositores a la internacionalización de la revolución cubana. El balance de Frondizi no era ingenuo ni improvisado. Se asentaba en un extenso estudio previo sobre las condiciones del capitalismo latinoamericano en tiempos de integración mundial imperialista bajo la hegemonía del imperialismo norteamericano. Esa investigación previa la había publicado pocos años antes en La realidad argentina. Ensayo de interpretación sociológica (en dos tomos, Tomo I: 1955 y Tomo II: 1956) donde formulaba la hipótesis del agotamiento histórico del intento de las burguesías nacionales latinoamericanas de desarrollar un “capitalismo autónomo”. Como ejemplo puntual, en este texto Frondizi analiza el fenómeno peronista, ensayo frustrado de realizar –bajo una forma política bonapartista- la revolución democrático-burguesa en Argentina. De allí, Silvio Frondizi infería que el carácter de la revolución argentina y latinoamericana no podía ser otro que el de una revolución antimperialista y socialista (como fases de un mismo proceso ininterrumpido). Es por ello que cuando viaja a Cuba se encuentra con la confirmación del diagnóstico que él mismo había vaticinado y propuesto pocos años antes. Probablemente, esa sea una de las razones principales por las que Frondizi defiende con tanto ahínco la revolución cubana en su libro de 1960. Habría que esforzarse demasiado para no detectar y no reconocer la presencia de todo este cúmulo de lecturas en el pensamiento político maduro de Robi Santucho y el modo como él y sus compañeros visualizaban la estrategia continental de la revolución cubana de la que se sentían vitalmente parte.

El FRIP se unifica alrededor del año 1965 con un grupo político trotskista que se llama Palabra Obrera, encabezado por Hugo Miguel Bressano, seudónimo de Nahuel Moreno. Esta agrupación pertenecía a la Cuarta Internacional. Ahí nace el PRT como organización, y a partir de ese momento en los escritos de Santucho y en su ideología hay un cambio, se produce una transformación. La Cuarta Internacional tenía en aquella época como principal dirigente y teórico al belga Ernest Mandel, el célebre economista que había participado en la polémica cubana de 1963-64. En aquellos momentos Moreno estaba unido con Mandel, después rompen entre sí en una dura polémica. Entonces, a la hora de explicarse cómo ha sido nuestro continente, cómo ha sido la Argentina, cómo ha funcionado el capitalismo en nuestra sociedad, también se produce un cambio en los escritos y en la ideología de Santucho. Aparece la presencia de otro historiador, que era un militante orgánico de Palabra Obrera vinculado a Moreno: Milcíades Peña. Cuando produjo su obra historiográfica, Peña era muy joven (se suicidó cuando tenía tan sólo 32 años). La mayor parte de sus trabajos –que en su conjunto conformaban una Historia del pueblo argentino— fue publicada póstumamente. Su producción resulta muy distinta de la historiografía tradicional. Tanto de la corriente liberal burguesa (Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López) como también de la historiografía oficial del Partido Comunista (Leonardo Paso) o del peronismo de izquierda (Rodolfo Puiggrós). En los escritos teóricos de Peña, la revolución cubana jugaba el papel de una corroboración empírica que le resultaba útil para cuestionar aquel etapismo historiográfico que se esforzaba por inventar en sus relatos del pasado una supuesta América Latina colonial –bajo dominio español y portugués- de tipo “feudal” para, de este modo, rechazar en el futuro la pertinencia de la revolución socialista. En este sentido, Peña señalaba que: “Baste decir que la conocida teoría sobre el carácter «feudal» de la colonización sirvió durante largo tiempo a los moscovitas criollos como telón de fondo para afirmar que la Argentina “muestra aún hoy en su estructura rasgos inconfundiblemente «feudales»” [Puiggrós, Colonia, 23] y para enrollar la madeja de una fantasmagórica revolución «antifeudal» que abriría el camino a una supuesta «etapa» capitalista. Atados a sus dogmas y compromisos políticos y frenados por su propia incapacidad, los teóricos comunistas posteriores a Puiggrós usan su definición de la colonia como sociedad feudal sólo para oponerse al socialismo en la Argentina de hoy, puesto que significaría «proponernos hoy tareas históricas inexistentes» [Paso, Colonia, 9] [...]”. Resulta más que sugerente prestar atención al cierre que Peña utiliza para toda esta impugnación. Allí remata sosteniendo que: “¡Y esto fue escrito cuatro años después de la revolución cubana!” [6]. Si bien se formó políticamente al lado de Nahuel Moreno, Peña rompe con la organización morenista entre 1958 y 1959. En su posterior distanciamiento ideológico con la táctica del “entrismo” en el peronismo propugnada por Moreno, la revolución cubana jugará un lugar central. Puede corroborarse la profundidad de esa ruptura en sus “16 tesis sobre Cuba”[7].

A los ojos de Peña, la revolución cubana había hecho pedazos el dogma stalinista de la revolución por etapas junto con la doctrina de que ciertos países –especialmente los latinoamericanos- estaban “inmaduros” para el socialismo. Al mismo tiempo, Peña concluía que las enseñanzas de la revolución cubana exigían dar una batalla ideológica por la conciencia socialista de los trabajadores argentinos, dada la impotencia política de la denominada “burguesía nacional” para emancipar a los pueblos latinoamericanos. De allí Peña deducía la inviabilidad del “entrismo” (línea política de Moreno) o del seguidismo (línea política de Puiggrós) al peronismo. No se podía identificar de manera mecánica y ahistórica al castrismo y al guevarismo con... el peronismo. A partir de las tesis historiográficas de Milcíades Peña y apoyándose en los análisis sociológicos de Silvio Frondizi, Santucho comienza a plantear que la “burguesía nacional” argentina no puede encabezar los cambios necesarios para emancipar nuestro país. Ese tipo de caracterización se basaba en la teoría del desarrollo desigual de Lenin y en la teoría del desarrollo desigual y combinado de Trotsky. Pero, cuando hacía referencia a la “seudoindustrialización” de nuestro país, Santucho le agregaba un matiz específico referido a la Argentina. ¿De dónde adoptaba esa visión tan crítica de los industriales argentinos? Nuevamente, de las tesis sociológicas de Silvio Frondizi y de las historiográficas de Milcíades Peña. Ya en tiempos del FRIP (antes del cruce con Moreno), combinando la teoría del imperialismo de Lenin con la visión de Frondizi y Peña, las tesis políticas del grupo liderado por los hermanos Francisco René y Mario Roberto Santucho sostenían que “La República Argentina es un país semicolonial seudoindustrializado”. Esta era justamente la opinión de Frondizi y Peña. En el capítulo “Expansión industrial, imperialismo y burguesía nacional” de su libro La realidad argentina, Silvio Frondizi afirmaba que: “[...] lo que caracteriza al imperialismo actual es la exportación de capitales para la industrialización o mejor dicho seudoindustrialización de los países atrasados”.

Lo fundamentaba del siguiente modo: “Mientras la industria ligera necesitaba mercados para la producción de artículos de consumo, la industria pesada necesita también mercados, pero para su producción de herramientas. Estos mercados reemplazan a los de artículos de consumo”. A contramano del esquema etapista de la izquierda tradicional que cuestionaba al imperialismo y a los propietarios terratenientes locales para defender una supuesta progresividad de los propietarios industriales, de este análisis Frondizi deducía la “unidad, no identidad, entre imperialismo y burguesía nacional y entre burguesía nacional y terrateniente”. Al publicar en 1956 La realidad argentina, Silvio Frondizi aclaraba: “En la redacción de este capítulo [“Expansión industrial, imperialismo y burguesía nacional”] hemos recibido valiosa ayuda de Milcíades Peña, que prepara un volumen sobre el problema”. Fue precisamente Peña quien más desarrolló la teoría de “la seudoindustrialización argentina”. Si bien venía trabajando en esa hipótesis desde la década del ’50, en un artículo de su revista Fichas de 1964 aclaró que: “Denominamos al fenómeno seudoindustrialización, parodia o caricatura de industrialización [...] Por sobre todo, se realiza sin modificar sustancialmente la estructura social del país, y los desplazamientos a que da lugar dejan en pie las antiguas relaciones de propiedad y entre las clases. La seudoindustrialización no subvierte la vieja estructura sino que se inserta en ella” [8]. Entre las características de la seudoindustrialización, Peña incluía: (a) No aumenta la composición técnica del capital social, sólo la mano de obra, (b) No se desarrollan las industrias básicas que producen medios de producción, ni las fuentes de energía ni los transportes, (c) No aumenta la productividad del trabajo, (d) El incremento de la producción de artículos de consumo sobrepasa el incremento de la producción de medios de producción y (e) La agricultura permanece estancada y no se tecnifica. De estas características, Peña infería que tanto los propietarios burgueses terratenientes como los industriales argentinos, compartían con el capital financiero el mismo interés en la perpetuación del atraso del país. Estos sectores sólo permitían el transplante o el injerto de islotes industriales en unas cuantas fábricas manteniendo y reproduciendo la estructura social de conjunto atrasada y subordinada al imperialismo. Robi Santucho supo deducir de este tipo de análisis historiográfico y sociológico una consecuencia política inequívoca: era inviable luchar en Argentina por la “liberación nacional” o por una “revolución democrático-burguesa, agraria y antiimperialista” apoyándose en un “frente nacional” liderado políticamente por la burguesía local y su brazo armado, las Fuerzas Armadas. En otros términos: sólo se podía llegar a alcanzar la liberación nacional de la Argentina y su independencia frente al imperialismo si se luchaba al mismo tiempo por la revolución socialista, cuestionando el orden burgués y sus aparatos de dominación y coerción. Al igual que Mariátegui, Mella y el Che Guevara, Santucho pensaba que antimperialismo y socialismo debían marchar unidos como dos facetas de una misma lucha, no como etapas separadas en el tiempo. Aunque para esa época Silvio Frondizi [9]se había convertido en un intelectual independiente y Milcíades Peña ya había roto amarras con el grupo morenista, el acercamiento con Moreno le permitió a Santucho incursionar y estudiar atentamente toda esta literatura política de la nueva izquierda y empaparse de los debates políticos que la acompañaban.

¿Qué diferencia había entre los escritos de Roberto Santucho y los de Milcíades Peña? Principalmente que este último – Peña – mantenía un planteo totalmente impregnado por el antiperonismo, ya que proponía la tesis de que “Perón era un agente inglés”. El PRT adopta cierto tipo de explicaciones de Peña, pero no acepta completamente esa visión ya que en un folleto del PRT -El peronismo, ayer y hoy [Ediciones El Combatiente, agosto de 1971]- se plantea que se incorpora la tesis de Peña, pero sin caer... “en el gorilismo de izquierda”. En los escritos del PRT emerge también la presencia de otra historiografía. Y esto sí llama poderosamente la atención. Es la historiografía liberal de Bartolomé Mitre. ¿Por qué llama la atención? Pues porque la óptica de Mitre constituye la versión oficial de la historia argentina, la que todavía hoy se enseña en las escuelas. Pero ¿qué adoptaban los militantes guevaristas de esta historiografía tradicional? Algo que, paradójicamente, resulta muy interesante: cómo estos historiadores burgueses reaccionarios (principalmente Mitre, aunque también deberíamos agregar a Vicente Fidel López, en el siglo XIX y Ricardo Levene en la primera mitad del siglo XX) describen la campaña del Ejército de San Martín, cómo describen... la guerra de guerrillas. Ese relato resulta hasta muy entusiasmante. Cuando ellos hablan del Ejército de los Andes, cuando San Martín envía a organizar una guerra de guerrillas en la retaguardia española en el Perú, era muy “atractivo” para esta izquierda revolucionaria que se planteaba continuar la lucha inicial de San Martín y Bolívar..., y sobre todo el papel jugado en la lucha guerrillera contra los colonialistas españoles por Martín Miguel de Güemes, Juana Azurduy, y otros revolucionarios nuestros de principios del siglo XIX. Seguramente estos historiadores burgueses, de tradición liberal, todavía en el siglo XIX se podían dar el lujo de alabar aquellas campañas militares independientistas porque la tarea por delante que esta burguesía tenía entonces – segunda mitad del siglo XIX - era legitimar la construcción de un Estado-nación y construir los relatos fundantes de un origen heroico. Luego, en el siglo XX, sobre todo en su segunda mitad, ante le emergencia de una izquierda revolucionaria que se planteaba en primera instancia la lucha por el poder, ya no podían darse ese lujo... Pero Santucho y los guevaristas argentinos supieron leer bien, leer entre líneas, en esa historiografía burguesa, en esa historiografía tradicional y reaccionaria y encontrar los relatos de aquel primer Ejército continental de San Martín y sus compañeros. Según recuerda Pombo [Harry Villegas Tamayo, sobreviviente de la guerrilla del Che en Bolivia, hoy general de brigada de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba], que luchó junto al Che en Cuba, en el Congo y en Bolivia, Guevara también le daba para leer a sus compañeros, a sus combatientes internacionalistas de Bolivia, los relatos de las guerras independientistas sobre Juana Azurduy y sus guerrilleros. También en esta opción historiográfica Santucho fue un guevarista consecuente. Otra fuente ideológica de la que se nutrió Santucho fue Lenin. Como era obvio, ya habiendo cortado amarras definitivamente con Haya de La Torre, Santucho empieza a ensayar una lectura mucho más leninista, más “clásica”, si se quiere, sobre el papel de América Latina. La crítica explícita contra Haya de la Torre ya la formula Francisco René Santucho en su trabajo “

Lucha de los pueblos indoamericanos [10] ”. Allí se plantea que los aciertos iniciales del APRA: “se ven traicionados ahora por la debilidad de su propio líder que ha entrado en compromisos con regímenes reformistas cómplices del imperialismo”. A partir de esa ruptura con el populismo aprista se abre en el horizonte ideológico de Robi la posibilidad de apropiarse de la tradición teórico-política de Lenin. Lenin escribió en 1916 El imperialismo, etapa superior del capitalismo, una obra hoy considerada clásica en la materia. Allí escribe sobre nosotros, sobre la Argentina. Dice textualmente: “No sólo existen los dos grupos fundamentales de países – los que poseen colonias y las colonias --, sino también, es característico de la época, las formas variadas de países dependientes que, desde un punto de vista formal, son políticamente independientes, pero que en realidad se hallan envueltos en las redes de la dependencia financiera y diplomática. A una de estas formas de dependencia, la semicolonia, ya nos hemos referido. Un ejemplo de otra forma lo proporciona la Argentina [...] No es difícil imaginar qué sólidos vínculos establece el capital financiero – y su fiel «amiga», la diplomacia – de Inglaterra con la burguesía argentina, con los círculos que controlan toda la vida económica y política de ese país”. ¿En qué se basaba Lenin para proporcionar semejante descripción y explicación de la Argentina? Pues una de sus tesis principales sostenía que el desarrollo del capitalismo mundial nunca es chato, ni plano, ni liso ni homogéneo. Los países y sociedades capitalistas no están en el mismo rango ni son equiparables entre sí, como hoy sostiene erróneamente, por ejemplo, Toni Negri en su Imperio cuando plantea que entre Estados Unidos y Brasil, la India e Inglaterra... “sólo hay diferencias de grado”. Por el contrario, Lenin tenía la hipótesis de que el capitalismo a nivel mundial se expandía en forma asimétrica, según un desarrollo desigual que generaba países y sociedades metropolitanas y dependientes, cuyas diferencias no sólo son de grado –es decir: cuantitativas, mayor o menor cantidad de capitalismo y desarrollo— sino que son diferencias cualitativas. Santucho adopta esta tesis de Lenin, y plantea que el desarrollo interno del capitalismo argentino también es notoriamente desigual y origina zonas metropolitanas y zonas periféricas y/o dependientes. O sea que no es lo mismo el desarrollo del capitalismo en la Mesopotamia que en el Noroeste. Así, por ejemplo, en el folleto “El proletariado rural detonante de la revolución argentina” [11] se sostiene que: “El imperialismo, al introducirse como factor estructural en el desarrollo de la economía argentina promoviendo la seudoindustrialización, ha acentuado los desniveles regionales, al desarrollar unilateralmente la zona portuaria en detrimento del Interior”. Obviamente, este tipo de caracterización se basaba en la teoría del desarrollo desigual de Lenin. Así como Lenin defendía la tesis de que la explosión iba a surgir en “el eslabón más débil de la cadena imperialista”, Santucho planteaba por analogía que en la revolución argentina el factor detonante era el proletariado azucarero, ya que el capitalismo del noroeste era de alguna manera “el eslabón más débil” dentro del capitalismo argentino. Y también, junto a las categorías clásicas de Lenin, en el PRT se adoptaron en determinado momento categorías de León Trotsky quien, en su Historia de la Revolución Rusa, plantea una hipótesis que denomina “ley del desarrollo desigual y combinado”. ¿En qué consiste? Pues en que nunca existen países y sociedades capitalistas absolutamente homogéneos, compactos, con un solo modo de producción, sino que en realidad hay relaciones sociales de distintos modos de producción que están combinadas entre sí. Algunas predominan sobre otras, pero están combinadas. Puntualmente Trotsky sostiene que: “Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados vense obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo desigual y combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas”.

Trotsky la denomina “ley” pero en realidad –pensamos nosotros– habría que denominarla teoría del desarrollo desigual y combinado, ya que conjuga diversas hipótesis sobre el desarrollo histórico. Entonces,– una vez superada la influencia del APRA y el indigenismo, a los que habría que agregar la influencia inicial de la Reforma Universitaria y de varios intelectuales que realizan conferencias en la librería de Santiago del Estero, dirigida por Francisco René – en el pensamiento político de la dirección del PRT en general y de Mario Roberto Santucho en particular, se conjugan las categorías sociológicas de Silvio Frondizi, las historiográficas de Milcíades Peña, la teoría del marxismo revolucionario clásico de Lenin y Trotsky y, por supuesto, la enorme influencia de la revolución cubana y de la revolución vietnamita. A todas estas influencias las moldeó y las amalgamó en el caso del PRT el guevarismo y el castrismo y también el pensamiento político de Ho Chi Minh y Giap. En términos cronológicos, luego de la ruptura con Nahuel Moreno, se produce la fundación del ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo]. En el V Congreso en 1970, donde el PRT se divide en el “PRT-La Verdad” (encabezado por Moreno) y el “PRT-El Combatiente” (encabezado por Santucho). Ambos grupos toman el nombre de acuerdo al periódico respectivo. Leído todo este proceso político desde una óptica actual, desde nuestros días, y desde la remanida polémica sobre el supuesto “foquismo” de la izquierda revolucionaria guevarista, resulta sugerente prestarle atención al documento de la fundación del ERP. Las posiciones políticas de este documento se nutren de toda la tradición clásica del marxismo, que a su vez provienen de Clausewitz y de Maquiavelo. Porque, a principios del siglo XVI, el teórico florentino Nicolás Maquiavelo sostenía en El príncipe y en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio que para unificar Italia como una nación moderna, había que derrotar el predominio de Roma – El Vaticano – y también había que terminar con la proliferación de bandas armadas locales, los célebres condottieri [combatientes mercenarios].

Maquiavelo propone la formación de una fuerza militar republicana completamente subordinada al príncipe, es decir, al poder político.

¡Es la política, según Maquiavelo, la que manda sobre lo militar y no al revés!. Más tarde, a inicios del siglo XIX, el teórico prusiano Karl von Clausewitz vuelve a prolongar aquel pensamiento defendiendo que “la guerra es la continuación de la política por otros medios” (en su libro De la guerra). A inicios del siglo XX, más precisamente en su exilio suizo durante la primera guerra mundial (entre 1915 y 1916) Lenin, mientras estudia la Ciencia de la Lógica de Hegel, lee y anota detenidamente De la guerra de K.v.Clausewitz. Lenin no es el único marxista en este sentido. Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, más precisamente a inicios de la década de 1930, redacta “Análisis de situación y relaciones de fuerza”, un pasaje de los Cuadernos de la cárcel (cuaderno N°13) donde sostiene que la lucha político-militar y la guerra constituyen un momento superior de las relaciones de fuerzas políticas, que enfrentan en una situación revolucionaria a las clases y fuerzas sociales. Exactamente lo mismo podría plantearse del pensamiento de Mao Tse Tung, León Trotsky, Ho Chi Minh, Vo Nguyen Giap y, desde luego, Fidel y el Che. Por lo tanto, en toda esta extendida tradición de pensamiento político occidental, que se remonta a la herencia republicana de Maquiavelo y, a través de la reflexión de Clausewitz, es adoptada por los clásicos del marxismo, la lucha político-militar es la prolongación de la política, ¡no al revés!. De manera análoga podría recorrerse el extenso itinerario del pensamiento político y militar de nuestras guerras de independencia y liberación latinoamericanas, desde San Martín, Bolívar y Artigas hasta José Martí, Sandino y Farabundo Martí. Pues bien, en los documentos de la fundación del ERP también aparece en primer plano un análisis político de donde se deduce la necesidad de la lucha político-militar y no al revés.... Después de años y años de propaganda burguesa y del intento de demonización de todo este pensamiento político, resulta imperioso volver a insistir en esta problemática. Para poder desmontar la estrategia de descalificación de esa generación (a la que se le puso un cartelito que decía más o menos así: “Demonios subversivos” o también “Demonios terroristas”), tenemos que volver a pensar, detenidamente, estas cuestiones. Por ello resulta interesante focalizar la atención en una parte de esos documentos históricos de fundación del ERP. Porque los que no vivimos aquella época nos sorprendemos cuando encontramos allí algo completamente inesperado...

En esos documentos políticos aparece una crítica muy fuerte contra el foquismo... y contra Régis Debray. ¿Quién es Régis Debray? Debray era un joven estudiante francés, discípulo del filósofo Louis Althusser, que vino a Latinoamérica y después escribió un artículo muy largo, en la famosa revista Les Temps Modernes de Jean Paul Sartre: “El Castrismo: la larga marcha de América Latina”. Entonces, este artículo les gustó mucho a los cubanos. Lo invitaron a Cuba, y ahí, en la isla, escribe después un texto que pretende ser algo así como la “síntesis teórica” de la revolución cubana. Un texto que hoy en día se utiliza para criticar a la revolución cubana y para denostar todo lo que esté asociado al Che Guevara. El texto de Debray se titula: ¿Revolución en la Revolución?. Allí Debray realiza una versión totalmente simplificada de la revolución cubana. Sostiene, entre otras cosas, que en Cuba no hubo casi lucha urbana, que solamente hubo lucha rural, que la ciudad era burguesa mientras que la montaña era proletaria y que, por lo tanto, la revolución surge de un foco, de un pequeño núcleo aislado. Así, de este modo, Debray hace la canonización y la codificación de la revolución cubana en una receta muy esquemática que se conoce como “la teoría del foco”. Esta versión de Debray de la revolución cubana es muy utilizada hoy en día para ridiculizar y fustigar la teoría política del guevarismo...aún cuando el mismo Debray ya no tiene nada que ver con esta tradición, pues pasó a las filas de la socialdemocracia – en el mejor de los casos y siendo indulgentes con él... -. Es cierto que la temática del “foco” está presente en los escritos del Che pero de una manera muy diferente a la receta simplificada que construye Debray. Nosotros creemos que en el Che los términos “foco” y “catalizador” –con los que el Che hace referencia a la lucha político-militar de la guerrilla, tienen un origen metafórico proveniente de la medicina (la profesión original del Che). El “foco” remite al...foco infeccioso que se expande en un cuerpo humano. El “catalizador”, en la química, es el nombre de un cuerpo capaz de motivar un cambio, la transformación catalítica. Pero, más allá de su origen metafórico, está muy claro que en el pensamiento político de Guevara la concepción de la guerrilla está siempre vinculada a la lucha de masas.

Concretamente el Che sostiene que: “Es importante destacar que la lucha guerrillera es una lucha de masas, es una lucha del pueblo[...] Su gran fuerza radica en la masa de la población” [12]. Más tarde, el Che vuelve a insistir con este planteo cuando reitera: “La guerra de guerrillas es una guerra del pueblo, es una lucha de masas” [13]. Pero Guevara no se detiene allí. Comentando el libro de Giap Guerra del pueblo, ejército del pueblo, el Che destaca una y otra vez un elemento fundamental para la victoria del pueblo vietnamita: “las grandes experiencias del partidoen la dirección de la lucha armada y la organización de las fuerzas armadas revolucionarias[...]Nos narra también el compañero Vo Nguyen Giap, la estrecha relación que existe entre el partido y el ejército, cómo, en esta lucha, el ejército no es sino una parte del partido dirigente de la lucha”.

De este modo, a diferencia de Debray, el Che le otorga un lugar central a la lucha política, de la cual la lucha armada no es sino su prolongación sobre otro terreno. Allí, siempre comentando a Giap, Guevara vuelve a insistir, casi con obsesividad, en que: “La lucha de masas fue utilizada durante todo el transcurso de la guerra por el partido vietnamita. Fue utilizada, en primer lugar, porque la guerra de guerrillas no es sino una expresión de la lucha de masas y no se puede pensar en ella cuando está aislada de su medio natural, que es el pueblo”.

¿De qué modo Debray pudo eludir este tipo de razonamientos centrales y determinantes del pensamiento político del Che? Pues construyendo un relato de la revolución cubana donde desaparecen como por arte de magia las tradiciones políticas previas y toda la lucha política anterior de Fidel Castro y sus compañeros. Si se vuelven a leer los textos “foquistas” de Debray treinta años después, el lector no encontrará, inexplicablemente, ninguna referencia a la historia política cubana anterior ni a la lucha política previa que derivan en el inicio de la lucha armada contra Batista. Pareciera que para Debray, observador europeo proveniente del PC francés, recién llegado a América latina –en aquella época fascinado con Cuba y las guerrillas, luego con la socialdemocracia y hoy vaya uno a saber con qué— la invasión del Granma y el Ejército Rebelde nacen ex nihilo, no como fruto de la radicalización política de un sector juvenil proveniente del nacionalismo radical y antimperialista latinoamericano y de la propia historia política cubana. Además, cuando Debray pretende esquematizar y teorizar la lucha revolucionaria cubana defendiendo a rajatabla la tesis de “la inexistencia del partido” tiene en mente y está pensando en la ausencia del viejo Partido Socialista Popular (el antiguo PC cubano, símil del PC francés en el que se formó Debray) en la primera dirección guerrillera. Un lector actual de los escritos de Debray no puede dejar de preguntarse: ¿pero acaso el Movimiento 26 de julio –que era quien dirigía la lucha armada- no constituía un partido? Para Debray las advertencias del Che sobre las luchas de masas y la relevancia de la organización política eran sólo ...detalles insignificantes. No les dio ninguna importancia. Por eso construyó una visión caricaturesca de la lucha armada que, lamentable y trágicamente, fue posteriormente atribuida –post mortem- al Che... Según recuerda el ya mencionado Pombo [Harry Villegas Tamayo] al Che Guevara no le gustó ¿Revolución en la Revolución? de Debray. Lo leyó cuando estaba en Bolivia (pues se publicó en 1967) y le hizo comentarios críticos a Debray. Aún cuando nunca sepamos qué le criticó puntualmente Guevara al intelectual francés, ya en aquella época dos militantes cubanos salieron públicamente a criticar la caricatura “foquista” de Debray [14]

. Estos dos compañeros cubanos le critican abiertamente a Debray -¡no ahora, en el siglo XXI, sino en 1968!- el haber simplificado la revolución cubana, el haberla convertido en una simple teoría del “foco” y el no haber visto en ella que junto a la guerrilla, en las ciudades luchaba la juventud, el movimiento obrero, el movimiento estudiantil, etc. En suma, le cuestionaban -en particular- el total desconocimiento de la lucha urbana y -en general- la total subestimación de la lucha política, base de sustentación de toda lucha político militar. Esta es la principal crítica a la teoría del “foco” realizada en aquella época por los propios cubanos. Por supuesto que, en la derecha, nadie se toma el trabajo de reconstruir todas esas críticas. Simplemente, se “entierra” rápidamente a los revolucionarios por ser “foquistas”... Entonces, en los documentos de nacimiento del ERP en la Argentina, encontramos una crítica muy inteligente y muy sugerente a Régis Debray y al “foquismo”, a la errónea subordinación de la lucha política a la lucha militar. Esta crítica de Santucho pasó desapercibida y, todavía hoy, se le atribuyen “foquismo” y/o “militarismo” como si la decisión de desarrollar en Argentina una lucha político-militar y una confrontación radical contra la dictadura militar hubiese sido en la mente de Santucho y sus compañeros un delirio irracional y mesiánico y una subestimación del análisis específicamente político. Tanto al Che Guevara como a Santucho simpre se los acusó de lo mismo: “bienintencionados, idealistas y abnegados” pero... “foquistas” y “militaristas”. Sin embargo, en la propia fundación del ERP se hace una crítica muy dura al foquismo y se genera una crítica inteligente al militarismo. Porque una de las tesis centrales de Régis Debray consiste en que no hace falta formar una organización política, un partido revolucionario. Solamente -plantea Debray-, hay que instalar un foco guerrillero...No hace falta, previamente, la lucha política ni la lucha ideológica, sino tan sólo la lucha militar...Eso es el foquismo, eso es el militarismo. Incluso, aún hoy, se desconoce que ya en 1968 (dos años antes del lanzamiento del ERP), en el IV Congreso del PRT, se plantea que para el castrismo –allí Santucho aclara presuroso que: “no hacemos distinción alguna entre castrismo y guevarismo, porque la distinción es falsa”- lo fundamental de la estrategia remite al carácter de la revolución socialista y latinoamericana. Junto con el carácter, Santucho defiende la estrategia continental que dimana de la OLAS. A eso se agregaría –siempre desde su interpretación del castrismo- la necesidad de desarrollar una revolución continental a partir de revoluciones nacionales y regionales, mediante la guerra prolongada. Finalmente destaca que allí donde no existan fuertes partidos revolucionarios habrá que crearlos como fuerzas militares desde el comienzo, ligando todo el tiempo la lucha política y la lucha político-militar. Dos años después de este análisis, en 1970, cuando se funda el Ejército Revolucionario del Pueblo [15], vuelve a plantearse que el eje prioritario siempre debe ser construir una organización política y desde ahí, plantearse la lucha político-militar.

Pero el eje debe ser la política. No puede haber confrontación político-militar ni lucha político-militar si no es a partir de un análisis específicamente político. Esta es la tradición de los clásicos del marxismo que se remonta a Clausewitz y, más atrás, a los escritos de Nicolás Maquiavelo. Otra tesis que Santucho le critica a Debray en este documento de 1970 es la supuesta primacía que el francés atribuye al “factor geográfico”. Pensar que de la geografía se deduce una estrategia política...constituye un enorme error. En realidad no es así..., ni fue así la revolución cubana ni ninguna revolución latinoamericana. La geografía no determina la lucha política, es un error gravísimo. Cuando uno lo encuentra escrito no sucede nada, pero en política ese tipo de errores cuesta la vida de mucha gente, de muchos compañeros valiosos, de muchos revolucionarios. Cinco años más tarde, en julio de 1975, durante la reunión del Comité Central ampliado del PRT –que llevaba por nombre “Vietnam liberado”— Santucho continuaba polemizando, obsesivamente, contra el “foquismo” al que calificaba como movimiento “inmaduro, alejado del leninismo. Los esfuerzos [del foquismo] se realizan en la lucha armada, aislada del movimiento general de las masas”.

En Argentina, esos eran precisamente los tiempos de las grandes huelgas de las coodinadoras clasistas de masas. Entre los numerosos textos teóricos que produce esta corriente ideológica en los años ’70 merecen citarse otros dos. Uno se titula Poder burgués, poder revolucionario [16]

, redactado por Santucho, y el otro es “A los pueblos de América Latina”, un documento colectivo firmado por el PRT-ERP en la Argentina, los Tupamaros en Uruguay, el MIR chileno y el ELN boliviano. ¿Que encontramos en estos documentos a nivel teórico y político? Nuevamente, aún a riesgo de repetir..., nos encontramos con un análisis centralmente político. A partir de ahí se plantea la lucha revolucionaria continental..., ¡no eran “tira-tiros” irracionales ni “locos aventureros”!. Se plantea una visión de cómo funciona el sistema de dominación política de las clases opresoras en América Latina y se analiza también qué sucede en el seno del campo popular y sobre todo, en la conciencia política de las clases subalternas y explotadas. El análisis político condensado en Poder burgués, poder revolucionario se estructura a partir de una metáfora espacial que dibuja qué pasa “arriba” y qué sucede mientras tanto “abajo”. La reflexión de Santucho gira alrededor de un análisis político del arriba y del abajo o, en otros términos, de las clases dominantes y de las clases subalternas. Para analizar a las clases dominantes aparece en los escritos de Santucho la categoría de “bonapartismo”. Esta es una tesis suya muy fuerte. Según él, la historia argentina se mueve con un movimiento pendular entre dos formas políticas de dominación burguesa: o la república parlamentaria o el bonapartismo militar. No casualmente, diez años antes que Santucho, en Guerra de guerrillas: un método (1963), el Che Guevara había planteado que: “Hoy por hoy, se ve en América un estado de equilibrio inestable entre la dictadura oligárquica y la presión popular. La denominamos con la palabra oligárquica pretendiendo definir la alianza reaccionaria entre las burguesías de cada país y sus clases de terratenientes [...] Hay que violentar el equilibrio dictadura oligárquica-presión popular”.

Cabe aclarar que cuando el Che emplea la expresión “dictadura oligárquica”, como él mismo afirma, no está pensando en una dictadura de los terratenientes y propietarios agrarios tradicionales a la que habría que oponer una lucha “democrática” o un “frente nacional” modernizador incluyendo dentro del mismo no sólo a los obreros, campesinos y capas medias empobrecidas sino también a la denominada “burguesía nacional”. De ningún modo. El Che es bien claro. Lo que existe en América Latina es una alianza objetiva entre los terratenientes “tradicionales” y las burguesías “modernizadoras”. La oposición no pasa entonces por oponer artificialmente tradición versus modernidad, terratenientes versus burguesía industrial, oligarquía versus frente nacional. Su planteo es muy claro: “No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución”. El Che atribuye tanta importancia al análisis del equilibrio inestable entre ambos polos pendulares (la dictadura oligárquica, basada en la alianza de terratenientes y burgueses “nacionales”, por un lado, y la presión popular, por el otro) como Santucho al estudio de las dos formas políticas alternativas de dominación de la burguesía argentina. Ni Guevara ni Santucho plantean como consigna: “democracia o dictadura”. La alternativa consiste en continuar bajo dominación burguesa en sus diferentes formas o la revolución socialista. Por ello, en Guerra de guerrillas: un método, el Che alertaba que: “No debemos admitir que la palabra democracia, utilizada en forma apologética para representar la dictadura de las clases explotadoras, pierda su profundidad de concepto y adquiera el de ciertas libertades más o menos óptimas dadas al ciudadano.

Luchar solamente por conseguir la restauración de cierta legalidad burguesa sin plantearse, en cambio, el problema del poder revolucionario, es luchar por retornar a cierto orden dictatorial preestablecido por las clases sociales dominantes: es, en todo caso, luchar por el establecimiento de unos grilletes que tengan en su punta una bola menos pesada para el presidiario”. Intentando ser consecuente con este tipo de planteos radicales, cuando Santucho se propone explicar las diversas formas políticas de dominación que, en forma pendular, emplea la clase dominante argentina, su formulación específica es: o república parlamentaria (que no equivale a democracia..., como aclara el Che) o bonapartismo militar. ¿En dónde se inspiró Santucho para formular esta hipótesis? Obviamente su inspiración inmediata es el Che Guevara. Ahora bien, su formulación más general, la extrae de un libro de Carlos Marx. Marx escribió entre diciembre de 1851 y marzo de 1852 El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Allí Marx propone una hipótesis política: en Francia, luego de la derrota de la revolución de 1848, un dictador encabeza un golpe de Estado y permanece dos décadas al frente del gobierno francés. Este dictador era un personaje secundario rodeado de lúmpenes que gracias al liderazgo del Ejército se convierte en determinado momento de Francia en una especie de “árbitro” de los conflictos sociales. Una especie de “juez equidistante”, que viene a solucionar y a moderar los conflictos. Entonces, como este personaje – que Marx detestaba – se llamaba Luis Bonaparte (sobrino de Napoleón) la tradición marxista, empezando por Marx y de ahí en adelante, convirtió en categoría teórica ese análisis político y lo transformó en el concepto de “bonapartismo”. En su análisis de Luis Bonaparte y de la situación francesa de aquel período, Marx plantea elementos fundamentales de su teoría política. Allí sugiere que la lucha de clases nunca se produce entre clases homogéneas, como por momentos sugiere El Manifiesto del Partido Comunista (1848). En realidad, en una formación social concreta, las clases se fraccionan en la lucha, se realizan alianzas entre ellas y se establecen formas de representación política cambiantes según la coyuntura.

Por otra parte, en El 18 Brumario Marx plantea que la mejor forma de dominación política de la burguesía, la más eficaz, es “la república parlamentaria”. Para Marx república parlamentaria no es sinónimo de democracia, como sugiere la filosofía política del liberalismo. La república parlamentaria no garantiza “la libertad” sino que constituye una forma de dominación. A diferencia de la monarquía o de la dictadura militar (donde un solo sector de la burguesía domina) en la república parlamentaria es el conjunto de la burguesía el que ejerce su dominio a través del Estado y sus instituciones “representativas”. Según Marx, la república parlamentaria licúa los intereses particulares de las distintas fracciones de la burguesía, alcanzando una especie de “promedio” de todos los intereses de la clase dominante en su conjunto y, de este modo, logra una dominación política general, esto es: anónima, impersonal y burocrática. En El 18 Brumario Marx también agrega que cuando la situación política “se desborda” por la indisciplina y la rebelión popular, la vieja maquinaria republicana (con sus partidos, su Parlamento, sus jueces, su prensa “independiente”; en suma: con todas sus instituciones) ya no alcanza para mantener la dominación. En esos momentos de crisis aguda, los viejos partidos políticos de la burguesía ya no representan a esa clase social. Quedan como “flotando en el aire” y girando en el vacío. Entonces emerge otro tipo de liderazgo político para representar a la clase dominante: la burguesía deja de estar representada por los liberales, los constitucionalistas o los republicanos y pasa a estar representada por el Ejército y las Fuerzas Armadas que, de este modo, se constituyen en “El Partido del Orden”. El Ejército entonces aparece en la arena política como si...fuera a equilibrar la situación catastrófica, pero en realidad...viene a garantizar la reproducción de la dominación política de la burguesía. Mario Roberto Santucho se apropia lúcidamente de este análisis político de Marx y trata de utilizarlo para comprender la compleja historia política de nuestro país y también la situación argentina de los años ‘70. Conviene destacar el modo cómo Santucho analiza a ese gran protagonista de nuestra historia política: las Fuerzas Armadas. ¿Cómo visualiza Robi a las Fuerzas Armadas? Pues sostiene que son un Partido Militar. Esto resulta sumamente importante. En ningún momento Santucho sostiene que son simplemente un grupo de “bandoleros adictos a las balas” o mercenarios sin ideología. De ninguna manera. En la óptica del PRT, las Fuerzas Armadas son... un partido político. Un partido que viene a reemplazar al clásico -por definición- partido político burgués. Esta es una hipótesis sociológica e historiográfica sumamente importante para comprender la óptica política de Santucho. Roberto Santucho se hace cargo de esa hipótesis y plantea que en la Argentina las Fuerzas Armadas vienen a reemplazar ese partido burgués ausente, porque el partido burgués en Argentina no puede dar cuenta de la situación política. Entonces Robi –que inicialmente está pensando en el papel jugado por la dictadura militar del general Onganía [dictador que lidera el golpe de Estado de 1966] - prolonga el alcance de esa hipótesis y también analiza al peronismo como “bonapartismo”. Hay que reflexionar detenidamente sobre esta diferencia: sostener que el peronismo es bonapartismo (el peronismo histórico de 1945 en adelante..., no el de Menem), es algo muy diferente a lo que planteaba, por ejemplo, Victorio Codovilla [líder histórico del Partido Comunista Argentino desde 1928 hasta su muerte en 1970]. Codovilla, en un folleto famoso del año 1946 titulado “Batir al Nazi-Peronismo”, sostenía que: “el peronismo es fascismo”. Robi Santucho tiene una visión un poco distinta, mucho más matizada, por eso no cae en ese “gorilismo de izquierda”, pero... tampoco acepta las posiciones de Rodolfo Puiggrós [historiador comunista que se hace peronista en la segunda mitad de los años ’40 y que luego se convertirá en uno de los principales intelectuales de la izquierda peronista durante los ’60 y ‘70], o de Abelardo Ramos [uno de los principales intelectuales -de origen trotskista- que adhieren al peronismo constituyendo la corriente política e historiográfica autobautizada como “izquierda nacional”], y otros. ¿Qué decían Puiggrós, Ramos, Hernández Arregui y otros ensayistas peronistas? Pues que “el peronismo es «LA Revolución» (con mayúsculas) en la Argentina”. Según el análisis de Santucho...el peronismo no es ni revolución, ni nazismo, sino... bonapartismo. Es decir: una figura militar fuerte, que aparece como “árbitro” entre las clases sociales y que viene a “poner orden”...aunque, siempre en última instancia, termina poniendo orden...para el mismo lado. Para la derecha, para la burguesía, para el statu quo. Antonio Gramsci, que en principio no aparece explícitamente presente en estos análisis políticos de Santucho, para explicar los mismos fenómenos de crisis económica y política (englobados bajo el concepto de crisis orgánica), pensando en situaciones donde las clases sociales se separan de sus viejos partidos políticos y a la burguesía comienza a representarla el Partido Militar, utilizaba una categoría emparentada con la de “bonapartismo”. Gramsci empleaba el concepto de “cesarismo”. En Marx la categoría de “bonapartismo” siempre tiene un contenido negativo. Para Gramsci, en cambio, puede haber un “cesarismo” progresivo o regresivo, según contribuya a hacer avanzar o no a los sectores populares en las relaciones de fuerzas. A diferencia de Marx, León Trotsky, en su exilio mexicano de fines de los años ‘30, utiliza en el mismo horizonte de Antonio Gramsci esta visión donde puede haber un “bonapartismo progresivo” o “regresivo”, según contribuya o no a la lucha de clases. Explícitamente Trotsky utiliza la categoría de “bonapartismo progresivo” para referirse al gobierno populista de Lázaro Cárdenas, ya que a pesar de ser un gobierno burgués, para enfrentar al imperialismo y nacionalizar el petróleo mexicano, Cárdenas se apoya en los sectores populares y en la clase obrera mexicana. Abelardo Ramos apela a este análisis de Trotsky para caracterizar como “bonapartismo” al peronismo en un sentido positivo y apologético, mientras que Silvio Frondizi –mucho más afín al análisis de Marx– emplea el término en su significado negativo, para cuestionar el carácter supuestamente “progresista” de la burguesía nacional argentina y del peronismo. Mario Roberto Santucho utiliza la categoría de “bonapartismo” en la misma perspectiva de Silvio Frondizi, con un fuerte contenido crítico, y recurriendo a un tipo de análisis político que bebe directamente en El 18 Brumario. Pero no sólo lo emplea para explicar la aparición del peronismo histórico –el del primer peronismo de la década del ’40– sino también para describir la emergencia recurrente de los militares argentinos a lo largo de toda nuestra historia como el “Partido del Orden”, en tanto Partido Militar, es decir, en tanto auténtico partido político de la burguesía argentina. Todo esto, en cuanto al análisis de Santucho sobre qué sucede con el bloque político y social de “los de arriba”, de las clases dominantes... Ahora bien, ¿qué ocurre con “los de abajo”? Al observar el capitalismo argentino “desde abajo”, desde sus clases explotadas, Robi recorre la historia de los trabajadores y plantea los orígenes del movimiento obrero clasista en nuestro país, identificando tres corrientes: (a) el anarquismo, que fue la más importante, (b) el socialismo y (c) el comunismo.

Santucho y el PRT se hacen cargo de la tradición comunista. Es decir que Robi reivindica al comunismo hasta un determinado período de la historia, a partir de ahí el comunismo pierde la hegemonía sobre el movimiento obrero local, desdibuja su política revolucionaria, diluye su clasismo y aparece en el seno de las clases subalternas el peronismo. Entonces, a partir de ahí, Santucho sostiene cuáles serían los dos principales desafíos del movimiento popular: a) Por un lado, el populismo. Santucho también lo denomina “nacionalismo burgués”, que consiste en confundir a toda la Nación como si fuera parte del pueblo, meter a la burguesía nacional como parte del pueblo, y pensar que el enemigo está solo fuera del país. El principal exponente del populismo, dentro del campo popular y progresista, eran en su opinión de aquel momento, los Montoneros. b) Por otro lado, el reformismo. Robi lo encuentra y lo identifica principalmente en el Partido Comunista. Este tipo de análisis no quedó reducido a una radiografía fija de la sociedad argentina. No era una tesis académica, sino la base de sustentación de la actividad militante de su corriente política. Luego de la ruptura, primero con la corriente de Nahuel Moreno, y más tarde con la IV Internacional, Santucho intenta profundizar su perspectiva política guevarista. En su “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, el Che Guevara había reclamado: “Es el camino de Vietnam, es el camino que deben seguir los pueblos, es el camino que seguirá América, con la característica especial de que los grupos en armas pudieran formar algo así como Juntas de Coordinación para hacer más difícil la tarea represiva del imperialismo yanqui y facilitar la propia causa”.

Siguiendo puntualmente ese consejo político del Che, a fines de 1973 el PRT-ERP de la Argentina, el MIR de Chile, el ELN de Bolivia y el MLN-Tupamaros de Uruguay comienzan a trabajar en una organización en común que los agrupe. A comienzos de 1974 lanzan públicamente la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR), nucleamiento guevarista internacionalista del Cono sur latinoamericano que se proponía luchar por la revolución continental. Ya desde su nacimiento, nos encontramos con el planteo político según el cual estas cuatro organizaciones planteaban que “nos une la comprensión de que no hay otra estrategia viable en América latina que la estrategia de la guerra revolucionaria. Que esa guerra revolucionaria es un completo proceso de luchas de masas, armado y no armado, pacífico y violento, donde todas las formas de lucha se desarrollan armónicamente convergiendo en torno al eje de la lucha armada”. En el primer documento conjunto que publican, las cuatro organizaciones trazan una breve y apretada síntesis histórica de las luchas populares y del marxismo en América Latina[17]. En ella señalan que el comunismo, el socialismo y el anarquismo de las primeras décadas del siglo XX, junto con las luchas antimperialistas como la de Sandino en Nicaragua y la insurrección del Partido Comunista de El Salvador de 1932, conformaron “un formidable auge de masas que puso en jaque la dominación neocolonial homogeneizada por el imperialismo yanqui, enemigo número uno de todos los pueblos del mundo”. Durante las décadas siguientes, según este relato, en la mayoría del partidos comunistas latinoamericanos terminó predominando el reformismo mientras las burguesías nacionales apelaban ideológicamente al nacionalismo burgués para estabilizar el sistema neutralizando el descontento de las masas. A lo largo de todo ese período, los sectores populares perdieron fuerza e iniciativa en la lucha de clases continental hasta que, a partir de la revolución cubana, “los pueblos del continente vieron fortalecida su fe revolucionaria e iniciaron una nueva y profunda movilización de conjunto”.

En este tipo de lectura de la historia de América Latina (donde el peronismo es analizado críticamente porque combina el antimperialismo verbal con la mentada “tercera posición” y “el truco de presentarse como bomberos del incendio revolucionario” –una obvia alusión al papel asumido por el general Perón a su regreso del exilio español para frenar a la insurgencia y a la radicalización masiva de la juventud argentina— se deja escuchar el eco del pensamiento político que Santucho venía promoviendo al interior de la izquierda argentina. Si bien la revolución cubana caló hondo y penetró en el corazón mismo del conjunto de la izquierda argentina (en todas sus vertientes y en la mayoría de los intelectuales críticos), la corriente política de la nueva izquierda guevarista liderada por Mario Roberto Santucho representó uno de los intentos más radicales y profundos por actualizar en nuestro país la tradición latinoamericana del marxismo revolucionario, representado en los años ’20 por Mariátegui y Mella y en los ’60 por el Che Guevara.



[1] El siguiente texto fue elaborado a partir de una clase pública de homenaje a Mario Roberto Santucho realizada el 19 de julio de 2002 en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, a 26 años de su asesinato.

[2] El lunes 19 de julio de 1976, en tiempos del general Videla, una patrulla del Ejército argentino al mando del capitán Juan Carlos Leonetti irrumpió en el departamento del barrio de Villa Martelli [Capital Federal] donde estaba escondida parte de la dirección de la insurgencia argentina: Mario Roberto Santucho, Liliana Delfino (compañera de Santucho), Ana María Lanzillotto (compañera de Domingo Menna, embarazada de ocho meses), Benito Urteaga y su hijo José, de dos años. Santucho intentó defenderse con un arma que, cuando había estado en Chile, le había regalado Salvador Allende. Los dos dirigentes guevaristas -Santucho y Urteaga- fueron asesinados inmediatamente (hasta el momento no se conoce qué sucedió con los cadáveres, aunque se presume que fueron enterrados clandestinamente en el cuartel militar de Campo de Mayo [provincia de Buenos Aires]). Las dos mujeres fueron secuestradas, trasladadas al campo de concentración del Ejército en Campo de mayo, torturadas y asesinadas. Esa misma noche Santucho iba a viajar hacia La Habana. El hijo de Urteaga fue entregado a la familia paterna. Jamás se supo el destino del bebé que esperaba Ana Lanzillotto.

[3] Cfr. Francisco René Santucho: Integración de América Latina. Santiago del Estero, Cuadernos Dimensión, 1959.

[4] Conviene no confundir a Silvio Frondizi, marxista revolucionario, con su hermano Arturo Frondizi, presidente argentino (1958-1962) y hombre de derecha, proimperialista, defensor de los capitales norteamericanos en la Argentina, que culminó su carrera política defendiendo a los sectores más reaccionarios de las Fuerzas Armadas. Tampoco con su otro hermano, Risieri Frondizi, rector de la Universidad de Buenos Aires y célebre filósofo que no tuvo una gran participación política como sus otros dos hermanos.

[5] Cfr.Silvio Frondizi: La revolución cubana. Su significación histórica. Montevideo, Editorial Ciencias Políticas, 1960. Los párrafos citados en pp.16 y 149. El testimonio de Ricardo Napurí sobre el viaje de Frondizi a La Habana, en entrevista a Napurí realizada y publicada por Herramienta N°4, Buenos Aires, 1997.

[6] Cfr. Milcíades Peña: Antes de mayo. Formas sociales del transplante español al nuevo mundo. Buenos Aires, Fichas, 1973.p.45. La primera versión de este texto data probablemente de la segunda mitad de la década del ’50. Aunque nunca llegó a preparar sus textos de Historia del pueblo argentino para su edición definitiva (pues se suicidó en diciembre de 1965), Peña volvió sobre aquellos manuscritos durante los ’60. La referencia a la revolución cubana pertenece a este período.

[7] Cfr.José Golán [seudónimo de Milcíades Peña]: “16 tesis sobre Cuba”. En Revista de Liberación N°3, 1964

[8] Cfr. Víctor Testa [seudónimo de Milcíades Peña]: “Industrialización, seudoindustrialización y desarrollo combinado”. En Fichas de investigación económica y social, Año I, N°1, abril de 1964. p.33-44. Este artículo fue recopilado póstumamente en Milcíades Peña: Industrialización y clases sociales en la Argentina. Bs.As., Hyspamérica, 1986. p.65 y ss.

[9] El viejo Silvio Frondizi, cuyos escritos sociológicos tanta influencia tuvieron en el pensamiento político de Santucho y sus compañeros, termina durante su vejez (primera mitad de los años ’70) militando codo a codo junto a los jóvenes guevaristas. Aún en la época más sangrienta y represiva de la Argentina. Por eso no sólo dirige Nuevo Hombre,el periódico del Frente Antimperialista por el Socialismo (FAS) vinculado al PRT, sino que también defiende como abogado a los presos políticos y a los guerrilleros. Todo eso le vale el odio sanguinario de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), organización terrorista paramilitar de extrema derecha que lo secuestra y lo asesina por la espalda en 1974 acusándolo de “comunista y bolchevique, fundador del ERP e infiltrador de ideas comunistas en nuestra juventud”.

[10] Cfr. Francisco René Santucho: “Lucha de los pueblos indoamericanos”. En Norte Argentino, 1963.

[11] Tesis políticas del FRIP, editadas en 1964 en el periódico Norte Argentino

[12] Cfr.Ernesto Che Guevara: La guerra de guerrillas (1960).

[13] Cfr.Ernesto Che Guevara: “La guerra de guerrillas: un método”, artículo publicado en Cuba Socialista, septiembre de 1963.

[14] Simón Torres y Julio Aronde (posiblemente dos seudónimos de colaboradores del comandante Manuel Piñeiro Losada, alias “Barbarroja”): “Debray y la experiencia cubana”. En Monthly Review N° 55, año V, octubre de 1968. pp.1-21

[15] “Resoluciones del V Congreso del PRT. Fundación del ERP” (29 y 30 de julio de 1970).

[16] Ediciones El Combatiente, 23 de agosto de 1974.

[17] Cfr. “A los pueblos de América Latina”. Publicado en Che Guevara N°1, Revista de la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR), noviembre de 1974.

El humanismo Guevarista y el posmodernismo: Nestor Kohan

texto extraido del libro "el sujeto y el poder"

¿Qué sucede actualmente en el mundo de la teoría y del pensamiento? ¿Está vigente lo que piensa el Che Guevara? ¿En la órbita actual de la filosofía, el humanismo revolucionario –la corriente en la que se inscribe el Che Guevara- sigue vigente? Partimos de una constatación. En el mundo actual, el humanismo no es lo que predomina. Sobre todo en el mundo universitario oficial, en el mundo académico establecido. El humanismo filosófico no tiene hoy “buena prensa”, para decirlo en forma elegante. Hoy predominan en el discurso universitario otro tipo de referencias y de autores, fuertemente críticos del humanismo. Algunos ejemplos, que hoy sí están “de moda”, podrían ser los siguientes: En primer lugar, Michel Foucault: célebre pensador francés (ya fallecido), quien señaló durante los años’60 y ’70 algo que hoy muchos hacen suyo en el ámbito de las ideas: “las ciencias sociales no tienen por fin liberar al hombre, sino disolverlo”. ¿Qué quería decir esto? Pues que para Foucault la categoría de “El hombre” y el humanismo que la acompaña, o sea la filosofía que deposita en el ser humano el eje central, era una ideología de la burguesía, típica del siglo XVIII. Por eso Foucault era muy crítico de toda filosofía humanista. Esto se enseña hoy en las universidades, esto sí está completamente de moda. En segundo lugar, otros dos autores -muy interesantes, pero que en este tema pertenecen a una corriente critica del humanismo- son Gilles Deleuze y Félix Guattari.

También ellos plantean que el humanismo es una ideología burguesa, que la categoría de “sujeto” ya no tiene vigencia, que las nuevas formas de capitalismo han desmembrado completamente toda unidad en la que reposaba el sujeto. En tercer lugar, Toni Negri (que excede el ámbito de la izquierda, ya que ha sido cálidamente adoptado tanto por corrientes populistas con escasa o nula simpatía por el marxismo, como también por corrientes que genéricamente podríamos catalogar, sin ánimo de ofender, como socialdemócratas). En su libro Imperio sostiene que el sujeto no es el eje de la historia, el eje de la política. El sujeto es un producto de la prisión, de la familia, de la fábrica y de la escuela. La antigua idea de sujeto –léase la clase trabajadora como sujeto de los cambios revolucionarios- ha entrado en decadencia, según Negri. Se ha esfumado, se ha evaporado, junto con la tradición de pensamiento dialéctico (a la que pertenecía el Che Guevara, obviamente). Esto es lo que circula hoy, esto es básicamente lo que está de moda en los ámbitos universitarios oficiales y académicos tradicionales, lo que se publica en los suplementos culturales de los diarios “serios”, lo que hay que citar si uno quiere pasar por alguien “informado y al día” en el terreno del pensamiento. Si bien Toni Negri es italiano, esta arremetida contra la tradición dialéctica y la categoría de sujeto la formuló cuando se exilió en Francia. Todos ellos (Foucault, Deleuze, Guattari y Negri) hablan principalmente desde la Academia francesa, son todos pensadores orgánicos de la Academia. Tienen un vínculo institucional con la Academia de francia y sus varias unidades universitarias (Negri la tenía, al menos hasta que regresó a Italia para ser encarcelado).

En el mundo occidental, en el ámbito de las ideas, este pensamiento francés tiene muchísima influencia. No es lo mismo que alguien escriba un libro teórico en la Universidad de La Paz (Bolivia) o en una universidad de Guatemala, a que alguien lo escriba o lo publique en la Sorbona.

Las ideas no flotan en el aire. Las ideas también forman parte de las relaciones de fuerza, de la lucha ideológica y de la lucha de clases.

Por ejemplo, el filósofo vietnamita Tran Duc Thao –discípulo marxista de Edmund Husserl, enrolado en la corriente filosófica conocida como la fenomenología- fue famoso cuando estuvo en Francia y escribió en Francia.... Cuando regresó a Vietnam “nadie más supo de él”. Se podrían multiplicar al infinito este tipo de casos. Otro ejemplo: El argentino Ernesto Laclau era un joven entusiasta de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Políticamente era apenas un lugarteniente de tercer orden de un grupúsculo de “izquierda nacional” liderado por el inefable Jorge Abelardo Ramos [líder de una corriente argentina de trotskismo nacionalista, cada vez más nacionalista y cada vez menos trotskista]...es decir que era sencillamente “nadie”. Recién cuando logró insertarse en la Academia inglesa Laclau logró ser escuchado por el gran público. Así de seguido... Por eso, muchos jóvenes intelectuales sueñan silenciosamente con “llegar a París”, y lograr ser escuchados, mientras suspiran en el anonimato de sus universidades del Tercer Mundo. Obviamente no es ésta la perspectiva de vida que nos ofrece el ejemplo del Che Guevara, quien reclamaba de la juventud y de los intelectuales el vincularse estrechamente con los movimientos populares y poner el cuerpo en la lucha anticapitalista, en lugar de suspirar con el falso paraíso de la Academia europea que todo lo fagocita, lo neutraliza y lo tritura. Pero lo importante, para nosotros, es tener el cuenta que esta literatura filosófica de origen parisino ha calado profundamente en el mundo filosófico de nuestros días. No es el pensamiento de Guevara o de otros marxistas revolucionarios el que actualmente predomina. Hay que tenerlo bien en claro. Durante los últimos años, a partir de la crisis del estalinismo y de la izquierda tradicional, esta filosofía francesa pretendió instalarse como “LA GRAN TEORÍA” del movimiento de protesta global contra la mundialización del capital. No quiere decir esto que Deleuze, Guattari (ambos fallecidos) o Negri estén en la calle tirando piedras contra la policía, pero sí que muchas de sus teorías y de sus relatos se han vuelto más que “atractivos” para algunos segmentos del movimiento antiglobalización...

Con el máximo de los respetos y en el ámbito de un debate fraternal entre compañeros y compañeras, nosotros no compartimos esta filosofía. Para nosotros, detrás de toda esta jerga -porque es muy trabado leer a estos autores, ya que utilizan gran cantidad de neologismos, de palabras nuevas inventadas sobre la marcha, como en su época solía hacer Martín Heidegger- lo que sobrevuela es una visión política de tinte marcadamente reformista. Lo que impregna todo este emprendimiento filosófico que pretende enterrar a la dialéctica, que pretende labrar el acta de defunción de todo sujeto revolucionario, que pretende expurgar del marxismo la herencia insepulta de Hegel y su lógica dialéctica de las contradicciones explosivas, que intenta abandonar para siempre toda perspectiva de confrontación con el Estado por su carácter esencialmente “autoritario” o jacobino, que pretende cambiar la sociedad sin plantearse la revolución contra el capitalismo es, en definitiva, una visión política que renuncia a la lucha revolucionaria contra el capitalismo.

No es más que la LEGITIMACIÓN METAFÍSICA de la impotencia política. Pero esta legitimación no se hace en el lenguaje ingenuo de nuestro Juan B. Justo [fundador del Partido Socialista argentino a fines del siglo XIX y una de las cabezas de la socialdemocracia sudamericana durante comienzos del siglo XX] , o de cualquier socialista moderado de nuestros días. Lo hace a través de toda una serie de giros filosóficos, políticos, teóricos; que dan una y mil vueltas alrededor de la tradición marxista. El caso de Negri es muy expresivo en ese sentido.

Pero en el fondo, lo que ahí está jugando es una vieja idea reformista de que no se puede luchar por la revolución, que no se puede luchar por el poder.

Por eso gente que proviene de la derecha de los medios de comunicación o de sectores reaccionarios de la universidad abraza rápidamente esta literatura sin mayores trámites. Quien no quiera ser ingenuo ni desprevenido ni “inocente” debería preguntarse por los motivos de tan súbita adopción. Así, de este modo, se acusa a los revolucionarios que plantean la lucha estratégica por el poder, de “haberse quedado en el pasado”, o de ser “estatalistas”, pensando que para los revolucionarios todo pasa por el Estado; o de ser “burocráticos”, o de ser “verticalistas”, o de querer sustituir a la clase obrera, o de ser “foquistas”, o de ser “partisanos”, “jacobinos”, “terroristas” y muchos otros adjetivos...

El gran antecesor de esta literatura filosófica que dialoga con el marxismo a condición de que el marxismo abandone su perspectiva revolucionaria –en el terreno político- y de que se desprenda de una vez por todas de su metodología dialéctica –en el terreno filosófico- es Eduardo Bernstein. De todas las múltiples escuelas de pensamiento que arremetieron contra la lógica dialéctica, probablemente haya sido Eduardo Bernstein en su libro Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia (1899) quien más lejos vio las implicancias no sólo teóricas o filosóficas sino principalmente políticas que estaban presupuestas en la polémica sobre el vínculo entre Hegel y Marx, entre el marxismo y la dialéctica. Muchísimo antes que Toni Negri, Bernstein había sostenido que “con el sistema hegeliano culmina la evolución de la razón política del estado de policía iluminado en la edad de la Restauración”.

Palabras casi textuales repite Negri en su Imperio...

Quizás alguien que recién “se chocó” de casualidad con Negri en una librería o sus amigos le dijeron que hay que leerlo porque es “el último grito de la filosofía” o “descubrió” en algún diario de derecha que este pensador “superó al marxismo”, etc., etc., ni siquiera haya escuchado hablar de Bernstein... ¡Pero las críticas de Toni Negri a la noción de sujeto y su intento por extirpar del pensamiento marxista la dialéctica provienen de allí! ¡Son mucho más viejas de lo que se supone! Bernstein no había escuchado hablar de internet –él lo escribe en 1899, ni siquiera se había inventado la radio o la TV- y ya promovía el abandono de la dialéctica...Por eso el rechazo de la dialéctica que hace Negri no tiene nada que ver con “la emergencia de Internet y las nuevas tecnologías”, como se supone por allí. Responde a una lectura filosófica muchísimo más vieja que internet. Ni siquiera existían automóviles cuando se formuló... Bernstein, que no era ningún tonto, ningún inocente, ningún desprevenido, fue mucho más allá de la clásica crítica contra la dialéctica Hegel. Con gran profundidad y penetración intelectual Bernstein atribuía a la teoría de las contradicciones de “la dialéctica radical hegeliana” la responsabilidad nada menos que del “blanquismo [corriente política de Auguste Blanqui]”, del “babuvismo [corriente político de Graco Babeuf]”, del “voluntarismo”, de la concepción “conspirativa” y “demagógica”, de “la revolución permanente”, del “terrorismo proletario” y de “la teoría que exalta el culto a la violencia en la historia”...

Todas estas acusaciones, sin excepciones, iban dirigidas en su pluma contra el marxismo revolucionario.

Es más, en un agregado (de 1920) a la segunda edición de su libro, Bernstein prolonga estas apreciaciones hasta incluir entre la “descendencia” política de la lógica dialéctica también al bolchevismo (al cual él, obviamente, se opuso como cabeza de los sectores más moderados y reformistas de la II Internacional). Aunque gran parte de la obra de Bernstein hoy carece absolutamente de actualidad y de interés, bien vale la pena releer sus críticas al método dialéctico. Porque él, muy sagazmente, vinculaba la dialéctica metodológica de Marx con una concepción política determinada que despreciaba notablemente. Esta concepción política era para él “blanquista”, “terrorista”, “jacobina”...es decir...revolucionaria. Lo “peligroso” del método dialéctico era –para Eduardo Bernstein- que conducía a un marxismo...revolucionario. No a un marxismo, por decirlo de algún modo, remolón, dormilón, pasivo, tímidamente académico, sino a un marxismo activista, praxiológico, revolucionario.

¿Acaso el marxismo del Che Guevara no es parte central de este marxismo activista, praxiológico, revolucionario?

Por eso conviene no ser ingenuos. Si alguien “compra” todo el paquete teórico de Toni Negri y sus amigos, por lo menos que sepa cual es su fuente de inspiración. Porque las críticas de Bernstein contra el marxismo revolucionario, contra el marxismo activista, contra lo que Antonio Labriola [marxista italiano de fines del siglo XIX] denominaba “filosofía de la praxis”, que se asienta en la noción de sujeto y en el método dialéctico, fueron adoptadas durante los años ’60 por Galvano Della Volpe,

Lucio Coletti, Nicolao Merker, Giulio Pietranera y Umberto Cerroni (en Italia) y por Louis Althusser y sus discípulos Etienne Balibar, Jacques Ranciere, Pierre Macheray, Roger Establet, Dominique Lecourt y Alan Badiou (en Francia).

De allí las adopta, las incorpora y las reproduce Toni Negri. Negri incluso trabajó directamente con Althusser en su exilio de París.

“Imperio”, en este sentido, no inventa, sino que prolonga una tradición de pensamiento filosófico muy anterior. Que los grandes medios de comunicación de la derecha -quienes lo festejan alegremente- no lo sepan y lo ignoren, no es problema nuestro. La ignorancia de la derecha no nos concierne. Pero un lector o una lectora de izquierda sí o sí tiene que saberlo. Por eso decíamos que en el fondo de esta filosofía que decreta administrativamente la muerte de la dialéctica y del sujeto, está implícita la idea de que no hay que luchar por el poder, y por lo tanto hay que resignarse a -en el mejor de los casos- conquistar... poderes locales. Un municipio, un barrio, una escuela, una cooperativa, etc. El socialismo ya no se pretende entonces construir en un solo país (como pensaba Stalin). No. Ahora el planteo es peor todavía. El socialismo –dentro de ese planteo de la filosofía universitaria francesa- pasa a construirse en una sola cuadra, en un solo kiosco, en una sola cooperativa aislada... Por eso (aún a riesgo de ser demasiado esquemáticos, pero intentando poner en el tapete de la discusión algo no dicho, algo inconfesado, algo ausente que se mantiene tramposamente debajo de la mesa) para toda esta línea de pensamiento francesa el poder local sí es bien visto, no la lucha contra el poder estatal y global.

Se eleva a norma general –transformada en METAFÍSICA- la impotencia política, la incapacidad de generalizar la lucha más allá del ámbito local y del espacio “micro”.

Para nosotros, entonces, volver al Che Guevara, rescatar el pensamiento marxista, revolucionario y dialéctico del Che Guevara, en este plano, es muy útil. No tiene nada que ver con volver a una moda frívola y superficial del pasado, una moda de los pantalones anchos, el peinado con flequillo, las camperas de cuero, los anteojos de colores o la música pop de los ’60. No, no tiene nada que ver con una “izquierda retro”, con una izquierda nostálgica que vive suspirando “por los bellos tiempos que se fueron...y no volverán”. Nuestra aproximación al Che Guevara intenta hacerse desde otra óptica, pensando en el hoy y en el mañana. Porque el Che, aún sin haber conocido la filosofía posestructuralista y posmoderna que se volvió hegemónica en los ’80 y ’90 (para entonces ya lo habían asesinado), se había planteado algunos de estos problemas. En un célebre artículo, “Guerra de guerrillas, un método” (septiembre de 1963) Guevara planteaba que el problema fundamental de la revolución es el problema del poder: “Ante todo hay que precisar que esta modalidad de lucha es un método; un método para lograr un fin.

Ese fin, indispensable, ineludible para todo revolucionario, es la conquista del poder político [...] el único fin estratégico posible: la toma del poder”. Más adelante agregaba: “Luchar sin plantearse, en cambio, el problema del poder revolucionario, es luchar por retornar a cierto orden dictatorial preestablecido por las clases sociales dominantes: es, en todo caso, luchar por unos grilletes que tengan en su punta una bola menos pesada para el presidiario”. Hace muy poco –el 11 de septiembre- se cumplieron 29 años de la derrota y asesinato de nuestro querido y entrañable compañero Salvador Allende en Chile. Un entrañable compañero que dio la vida por lo que pensaba. Un ejemplo para la juventud. Ahora bien, ¿la derrota del intento de realizar una “transición pacífica” al socialismo no nos deja ningún balance? ¿Se puede marchar hacia “otro mundo posible”, hacia una sociedad no capitalista sin tomar el poder real de la sociedad contentándose únicamente con determinados puestos en la administración del gobierno? ¿La tragedia de Chile en 1973 no nos enseñó nada? Para Guevara “la conquista del poder político” ese es el ABC del conflicto. Podemos (y debemos) discutir si hoy la guerrilla es un método válido o no de lucha. Podemos (y debemos) discutir si hoy el principal terreno de disputa es el campo o la ciudad, o ambos.

Pero debemos discutir y actualizar estos planteos siempre pensando en el poder. A partir de ahí discutimos... las vías, los métodos, los cómo, los cuándo, los dónde, los con quien, las alianzas, las oportunidades y las ocasiones, las relaciones de fuerzas, las situaciones, desde qué fundamento; etc., etc... pero ese es el ABC. Y justamente esta filosofía académica universitaria francesa, lo que está cuestionando es ese ABC. Pero ¿cuál es el fundamento? Porque no tiran frases al aire...Es gente que tiene un pensamiento profundo y bien elaborado, por eso no hay que subestimar, no hay que despreciar, no hay que ser “anti-intelectualista”, no hay que despreciar la teoría.

Hay que leerlos detenidamente, hay que estudiarlos porque ellos dan una fundamentación de estas ideas. No es que toda la gente que cae seducida por estas ideas - no tomar el poder, no enfrentar al poder, quedarse siempre en el ámbito “micro”, limitarse al gobierno local, al espacio político que nos dejan - es tonta. ¡No!, ellos dan una fundamentación muy elaborada, muy refinada. Esta fundamentación se articula fundamentalmente sobre la base de la crítica posmoderna a la noción de sujeto y sobre la crítica posestructuralista a la noción de humanismo. Ya hablamos de los años ’60, de sus debates: la tradición jesuita de la iglesia católica reivindica al Marx humanista, Rodolfo Mondolfo, desde el socialismo democrático, hace lo mismo. Erich Fromm desde un liberalismo crítico, realiza una empresa similar. Pero en esa misma época Althusser -y muchos de sus colegas, la mayoría de origen francés, como Claude Levi Strauss, o Jacques Lacan- empiezan a plantear una tradición de pensamiento que, en sus orígenes se llama “estructuralismo”. Consiste –para decirlo simplificadamente en dos palabras- en pensar la sociedad a partir de las estructuras y no de los sujetos, porque éstos estarían atravesados, constituidos y formados por las estructuras. Levi Strauss -antropólogo– analiza la prohibición del incesto. ¿Por qué la inmensa mayoría de la gente no mantiene relaciones sexuales con el hermano, la hermana, el padre o la madre? Porque hay una impronta de origen, que marca el tránsito entre la naturaleza y la cultura. No es una decisión personal de cada uno de nosotros buscar la pareja fuera de la familia. Esta es una marca estructural, que no depende de los sujetos. Althusser, como era marxista, esta misma idea la traslada a la lectura de El Capital de Marx. Sostiene que un burgués no explota a los trabajadores porque es maligno y tiene la decisión personal de explotar, sino porque sigue la lógica estructural del capitalismo. El burgués, al hacer eso, está portando relaciones sociales que lo atraviesan y que no dependen de su subjetividad individual. Y así de corrido. Los lingüistas van a decir: la forma como hablamos no depende de una decisión individual, hay reglas del lenguaje que nos preceden a todos nosotros, que son anteriores y no dependen de nuestras decisiones conscientes. Y los psicoanalistas de esta tradición de pensamiento van a decir que el sujeto moderno no controla todas las prácticas que hace, cada uno de nosotros pensamos que racionalmente decidimos todo lo que hacemos, pero en realidad hay motivaciones inconcientes que están por debajo y son fundantes. Por diversas vías, entonces, todo ese movimiento, que en sus orígenes se llamó estructuralismo, converge y sostiene que en el centro no está el sujeto, están las estructuras. Los sujetos somos todos nosotros, meros y simples efectos de las estructuras. Por eso Negri plantea que el sujeto es producto de la escuela, producto de la prisión, producto del cuartel, producto de la fábrica, de un conjunto de reglas y mecanismos de disciplinas, y no al revés. Negri es hijo directo de esta tradición de pensamiento que descubre y que hace completamente suya cuando se exilia en París y trabaja mano a mano con Althusser. Los posestructuralistas, que vinieron después, plantearon: está muy bien lo de los estructuralistas, para explicar como funciona la sociedad hay que renunciar a todo centro. Planteado coloquialmente: hay que mirar más allá de nuestro ombligo. En el eje de la sociedad no está nuestro ombligo, hay otras instancias que deciden por sobre nosotros. Está muy bien -dicen los posestructuralistas- el único problema es que... los estructuralistas renunciaron al sujeto, pero depositaban todo en las estructuras. ¡Demos un paso más y renunciemos también a las estructuras!. ¡Abandonemos todo centro, incluidas las estructuras, no sólo el sujeto! Porque en definitiva, plantearon los posestructuralistas, reemplazar al hombre como el centro de la sociedad para poner en su lugar a las estructuras, es seguir manteniendo un centro, es seguir girando en torno a un ombligo, aunque ya no sea humano, aunque ya no sea antropocéntrico. Renunciemos también a las estructuras, renunciemos a todo orden, dicen los posestructuralistas. La sociedad no está centrada en un sujeto, pero tampoco en estructuras. La sociedad no tiene una lógica única, tiene muchas lógicas, es plural. Aparecen allí las nociones de “redes” –horizontales y sin centro-, de “multiplicidad de puntos de fuga”, etc. ¿Cuál era el fundamento terrenal y mundano desde el cual teorizaban y hacían metafísica estos filósofos de la Universidad de París? Pues la derrota del mayo francés de 1968. El PCF (Partido Comunista Francés), fiel a la URSS y leal al stalinismo, le dio groseramente la espalda a la lucha insurrecta de mayo de 1968, tanto en el terreno estudiantil como en el terreno de los trabajadores sindicalizados donde tenía hegemonía. De allí en adelante, muchos de los filósofos académicos extrajeron de esa experiencia fallida que toda idea de organización política marxista o al menos de coordinación y articulación entre los diversos movimientos sociales que se proponen la lucha revolucionaria por el poder necesariamente era... “autoritaria”, “estatalista” y además, a la larga, derivaría en aplastar las subjetividades y singularidades de los diversos movimientos (estudiantado, feministas, ecologistas, etc.). Si en política la centralidad del partido político stalinista clásico había entrado en crisis, entonces...había que generalizar esa experiencia en el ámbito metafísico.

De allí nacen muchas metafísicas posestructuralistas de La Sorbona: ¡Nada de centro, nada de sujeto, nada de hegemonía, nada de organización revolucionaria, nada de lucha por el poder político, únicamente fragmento, pluralidad, singularidad y dispersión! (La derecha aplaudía a rabiar... Estaban más contentos que nunca con esta conclusión tan “sui generis” de la derrota de 1968). A partir de entonces, los posestructuralistas, los pragmatistas irónicos (como Richard Rorty) y los posmodernos (además de los “posmarxistas” –en realidad ex marxistas- al estilo de Ernesto Laclau) sostienen, bajo el pretexto de defender una metafísica pluralista y no totalitaria de la realidad, que el gran peligro de la dialéctica hegeliano-marxista consiste en el aplastamiento del “respeto al OTRO” (lo escriben siempre con mayúsculas), del “respeto a las diferencias”, del “respeto a las minorías”. Si no hay posibilidad de un “OTRO”, de un “afuera”, entonces no habría posibilidad de diálogo democrático, de respeto, de pluralismo. Pero en realidad, sospechamos nosotros, bajo el pretexto de defender el pluralismo, este argumento lo que intenta legitimar es que los conflictos de la sociedad capitalista (que se conciben de manera no contradictoria ni antagónica) reposan sobre una armonía primigenia. Esa supuesta armonía primigenia –es decir: el modo de producción capitalista, el núcleo de fuego que jamás se animan a tocar con sus manos estos metafísicos académicos, que jamás se animan a cuestionar ninguna de estas corrientes “post”- convive con toda una serie de conflictos puntuales (de género, de etnias, de culturas, generacionales, etc.). El posestructuralismo y sus derivados “posmarxistas” se limitan a merodear sobre este ramillete de conflictos puntuales sin jamás cuestionar el modo de producción capitalista, el armazón que subsume y reproduce de manera ampliada esas diversas opresiones –que existen, que no son un invento de los posestructuralistas y que el marxismo debe analizar y sin duda cuestionar radicalmente hasta las últimas consecuencias-. Pero, cabe preguntarse: ¿por qué no pueden cuestionar ese núcleo inconfesado pero omnipresente? ¿Por qué divorcian la opresión de género, la discriminación hacia las nacionalidades, etnias y culturas oprimidas por el imperialismo, la destrucción del medio ambiente y el autoritarismo de la institución escolar que oprime a los jóvenes, por un lado, de las opresiones de clase, de la explotación de la fuerza de trabajo, de la subsunción de todas las formas de convivencia humana bajo el imperio absoluto del valor de cambio, el dinero y el poder, por el otro? La respuesta no es tan compleja, como podría parecer cuando uno lee las complicadas elucubraciones neolacanianas o las referencias al último Ludwig Wittgenstein en los textos posestructuralistas.

Nosotros pensamos que ese divorcio no es inocente ni es accidental. Bajo esa jerga pretenciosamente erudita se esconden verdades del sentido común. La razón estriba en que para todos ellos los conflictos terminan siendo externos y ajenos al corazón de las relaciones sociales del capitalismo (y por lo tanto solucionables y superables en el horizonte de una supuesta y enigmática “democracia absoluta” –según Negri- o “democracia radical” –según Laclau- que deja intacto el régimen capitalista). En otras palabras: para la mayoría de las corrientes posmodernas y posestructuralistas el capitalismo, en última instancia, puede ser compatible con “el respeto al OTRO”, con “el diálogo democrático”, con la “no discriminación”,etc. Eso explica tanta insistencia por parte de algunas corientes políticas del Foro Social Mundial en criticar sólo al neoliberalismo y al “capitalismo salvaje”, dejando la puerta abierta para un “capitalismo racional y humano” y para una “radicalización de la democracia (capitalista)”. La perspectiva de la revolución socialista y de la lucha por el poder para la transformación radical de la sociedad rápidamente desaparece del horizonte. Como vemos, la discusión lógica y filosófica sobre la vigencia o no del método dialéctico es hoy política... No se puede analizar este pensamiento al margen de la política.

Gran parte de las formulaciones contra el marxismo revolucionario, contra el marxismo “jacobino”, “partisano”, “leninista” etc., etc., etc.son hijas del eurocomunismo. Tras la derrota del 68, en toda Europa los antiguos partidos comunistas se van paulatinamente acercando a la socialdemocracia. La transición entre el viejo stalinismo y la socialdemocracia (el PC italiano –hoy Partido Democrático de Izquierda-PDS- es el gran emblema en este sentido), está dado por un período intermedio, que comienza en los ’70. Es la época –1974- cuando Enrico Berlinguer, secretario general del PC italiano, firma con la Democracia Cristiana un “compromiso histórico” para no tomar el poder de Italia. Son esos los años en los que cobran vuelo y se ponen de moda el posestructuralismo y el posmodernismo. En política, responde al auge del eurocomunismo: la renuncia de los antiguos PC italiano, francés y español a la lucha revolucionaria y a la toma del poder político. Todos estos partidos europeos occidentales plantean algo que ya venía promoviendo desde 1956 el PC de a URSS: “la transición pacífica al socialismo”.

Aun cuestionando el liderazgo del PC soviético, el eurocomunismo sigue fielmente su línea política. Cuestionan a quién lo dice pero no lo qué se dice.

¿La actual negativa a plantearse siquiera como objetivo estratégico a largo plazo la toma del poder político –en muchos pensadores posestructuralistas y posmodernos europeos- no tiene su fuente política en la experiencia del eurocomunismo?

No es casual que muchos de estos pensadores hayan sido discípulos del último Althusser, el de los años ’70 (que publica un libro titulado

“Elementos de autocrítica”...

y más tarde su conocido artículo sobre “el marxismo como teoría finita”, es decir, como teoría que –supuestamente- no tiene un pensamiento político sobre el poder...).

Este Althusser de los años ’70 se encuentra fuertemente impactado por el eurocomunismo al cual veía con no pocas simpatías...Toni Negri toma contacto con Althusser precisamente en estos años... Y del posestructuralismo, a su vez, derivó otro movimiento -también con eje en la Academia de París. Un movimiento que se irradió como reguero de pólvora. Ese movimiento, de algún modo posterior al posestructuralismo, se llamó con otro “pos”: el posmodernismo, que en la década del ’80 se puso de moda. Uno de sus fundadores, el filósofo francés Jean-François Lyotard escribió un libro titulado La condición posmoderna (1979) donde hablaba irónicamente de “los grandes relatos”. Allí definía qué entendía él por posmodernismo: “Simplificando al máximo, se tiene por «posmoderna» la incredulidad con respecto a los metarrelatos”. Obviamente, el principal “gran relato” o “metarrelato” del que Lyotard y sus amigos invitaban a descreer y a mantener frente a él incredulidad era...el marxismo. La filosofía posmoderna emplea la expresión “gran relato” para referirse a las teorías y concepciones del mundo con pretensiones totalizantes. Estas teorías no se limitan a abordar un pequeño fragmento de la sociedad, sino que se proponen indagar las grandes cuestiones del ser humano, de la historia y de la vida colectiva. El marxismo, el psicoanálisis y el cristianismo son ejemplos de grandes relatos. A partir de los años ’80 el posmodernismo sostuvo que estos grandes relatos habían “entrado en crisis”. Más cerca de nuestros días, un filósofo posmoderno italiano, Gianni Vattimo, dejó sólo al marxismo entre los “grandes relatos” en crisis y abrazó entusiasta el cristianismo... Lo interesante del asunto es que Lyotard basaba nada menos que la definición de su corriente filosófica en un autor norteamericano de extrema derecha: Daniel Bell (director de la revista del gran capital financiero yanqui Fortune). La tesis posmoderna de Lyotard reactualizaba los planteos del libro Daniel Bell El fin de la ideología (1960), texto típico de la guerra fría que decretaba “el agotamiento de la política”. Coronando la proclama de Daniel Bell sobre “el agotamiento de la política” y la filosofía posmoderna de Lyotard sobre los “la crisis de los metarrelatos”, el funcionario del Departamento de Estado norteamericano Francis Fukuyama publicó el artículo “El fin de la historia” (1989). Todas estas corrientes firmaron (varias veces...) el acta de defunción de los “grandes relatos”, de las “ideologías” y de la “historia”.

Vienen enterrando al marxismo desde hace décadas... El eje del posmodernismo es -de nuevo– la idea que no hay sujeto, pero con una vuelta de tuerca mucho más fuerte: no existe tampoco la posibilidad de la crítica, de cuestionar en forma radical la sociedad. Porque si no hay sujeto que la cuestione ¿desde donde la vamos a cuestionar? Con el posmodernismo –supuestamente- muere también, además del sujeto y la dialéctica,... la crítica y el pensamiento crítico. ¡Nada menos! Cuando todos estos académicos franceses dicen “no hay sujeto”, ¿en quién están pensando? Pues en la clase trabajadora. En las aulas universitarias no se dice de este modo, sería demasiado crudo y poco elegante, pero es así. Uno de los libros famosos de esa época se llamó Adiós al proletariado de André Gorz. Hoy en día también se repite alegremente que “desapareció la clase obrera”. Pero no porque haya muchos trabajadores desocupados y desempleados o porque haya aumentdo el ejército industrial de reserva. No, no por esa razón. Sino porque...¡Ya no hay obreros. Ya no hay fábricas!. ¡Desapareció el trabajo! El que dice eso no ha visto una fábrica en su vida, porque ¿quién produjo esta silla donde estamos sentados?, ¿de dónde salió esta mesa? Todo lo que hay en esta aula... ¿quién produjo este micrófono?, ¿quién tejió esta tela? ¿Se hicieron solas? ¿Y la computadora con que se confeccionó este libro, quién la produjo? Uno de los ideólogos norteamericanos de este momento también habla del “fin del trabajo” (Jeremy Rifkin).

¡Esa es la gran utopía de los capitalistas! Que ya no existan los trabajadores, que nadie se rebele, que nadie proteste.

A partir de estos planteos filosóficos, no exentos muchas veces de trivialización, y a partir de una feroz campaña de los medios de comunicación, obtenemos que ... “se acabó el sujeto”, “se acabó la clase trabajadora”, por lo tanto no hay posibilidad de cuestionar radicalmente la sociedad. ¿Cómo se llamaban las teorías que cuestionaban la sociedad, a partir de un sujeto, supuestamente el eje de los cambios revolucionarios? Los filósofos posmodernos las denominan “grandes relatos”. Y un gran relato – dicen los posmodernos - sería toda teoría que se plantea desde una visión global del mundo. El marxismo es un “gran relato”, porque -como visión del mundo- no plantea que hay que pelear solamente por el aumento del salario, o por conservar el trabajo, o para que todas las calles estén asfaltadas... sino que plantea cuál es el sentido de la vida, cómo funciona la sociedad, qué lugar jugamos nosotros allí adentro, etc. Nosotros creemos que, aunque gozan de buena salud en el plano académico y en los grandes monopolios de la comunicación, estas concepciones posmodernas –sobre todo las más derechistas- ya han comenzado a entrar en crisis. ¿Cuándo? Pues a partir de las protestas contra la globalización, Seattle, Davos, Barcelona, Porto Alegre, Génova y Buenos Aires. A diferencia de los años ’80 y sobre todo de los primeros ’90 (posteriores a la caída del Muro de Berlín), decir alegremente que hay un agotamiento de la política o que se terminó la ideología hoy resulta muy grosero. Siguen teniendo alguna influencia pero sólo en los segmentos más institucionalistas del Foro Social Mundial y en las corrientes que se oponen al neoliberalismo desde una óptica de “capitalismo con rostro humano”. En los pensadores que aunque no son de derecha sino afines a la izquierda, pero están fuertemente influidos por el posmodernismo y el posestructuralismo (como es el caso de los últimos textos de Toni Negri), todavía sobrevive esta visión de que el humanismo es algo del pasado, que el sujeto es una categoría burguesa, etc. Todavía, en el ámbito de la Academia, en los espacios universitarios especializados en la ideología, en la teoría, esta visión posmoderna y posestructuralista aún tiene aire y se reproduce. Sinceramente, creemos que el aporte de Guevara al marxismo revolucionario y su inscripción dentro del horizonte de las corrientes dialécticas del marxismo –políticamente, las más radicales, por cierto- constituye un incentivo teórico muy rico para debatir y polemizar con estas concepciones posestructuralsitas y posmodernas. Para nosotros el Che Guevara no es un mito, no es parte de la izquierda “retro”. Constituye un tipo de reflexión política que nos sirve para discutir con estas corrientes.

El marxismo ortodoxo contra el cual discute el Che en los ‘60, de una manera menos refinada, menos elaborada, más lineal, más rudimentaria, más plana que la de los académicos “pos” de La Sorbona, también planteaba una visión de la historia donde el sujeto no entraba, estaba desdibujado, era pasivo, no jugaba prácticamente ningún papel. Los soviéticos decían que “la historia es un proceso histórico-natural que tiene un motor objetivo”. Y ese motor es la contradicción objetiva entre fuerzas productivas y relaciones de producción. ¿Qué se entiende por esos dos términos que siempre utiliza Marx?

Las relaciones de producción consisten en el tipo de vínculos que los seres humanos entablan entre sí a lo largo de la historia para poder reproducir su vida. Los seres humanos no trabajan sobre la naturaleza de manera aislada sino insertos en relaciones sociales de producción (esclavista-esclavo, señor-siervo, capitalista-trabajador, trabajador-trabajador cuando se trata de una producción socialista).

Las relaciones de producción entre las clases sociales están mediadas por relaciones de fuerza. No son relaciones puramente “económicas”.

Entre las clases que se relacionan entre sí para poder producir y reproducir su vida hay relaciones de fuerza. Un sector social se impone sobre otro, y éste último resiste para intentar liberarse. Hay lucha. No una lucha individual sino una lucha de clases. Las relaciones de producción están mediadas por el vínculo que cada clase tiene con los medios de producción –imprescindibles para trabajar-. Por un problema determinado de la sociedad mercantil capitalista –el fetichismo- las relaciones sociales entre seres humanos (insertos en clases) aparecen como si fueran relaciones entre los seres humanos y las cosas.

Ejemplos de relaciones sociales de producción: el valor, el dinero, el capital. ¡No son cosas!, alerta Marx en El Capital. Son relaciones. Porque existe el fetichismo es que aparecen como si el poder estuviera recluido en una cosa (el dinero, por ejemplo) pero en realidad, plantea Marx en sus Grundrisse [los borradores de El Capital], el poder del dinero no es más que el poder de unas personas sobre otras personas. Lo fundamental de las relaciones de producción reside en el vínculo social atravesado por el conflicto –la lucha de clases- y por las relaciones de fuerza.

Las fuerzas productivas -entendía el marxismo ortodoxo– consisten en el desarrollo de la tecnología y de la industria. Exactamente así las definía Stalin y también Nicolás Bujarin (cronológicamente más cerca de la época del Che, Louis Althusser y su discípula Marta Harnecker no decían algo muy distinto...). Para Marx esto no era tan así, porque en La Miseria de la Filosofía (1847), un texto clásico de Marx, el sostiene que la principal fuerza productiva no es la tecnología, sino es la clase revolucionaria. Textualmente Marx plantea que: “La existencia de una clase oprimida es la condición vital de toda sociedad fundada en la contradicción de clases. La emancipación de la clase oprimida implica, pues, necesariamente la creación de una sociedad nueva. Para que la clase oprimida pueda liberarse, es preciso que las fuerzas productivas ya adquiridas y las relaciones sociales vigentes no puedan seguir existiendo unas al lado de las otras. De todos los instrumentos de producción, la fuerza productiva más grande es la propia clase revolucionaria”. Por lo tanto, ¡la principal fuerza productiva es el sujeto!. Pero este marxismo ortodoxo no lo entendía como Marx, sino de un modo muy distinto. Como que la principal fuerza productiva es la tecnología, que choca con las relaciones de producción -que vendrían a ser, en su expresión jurídico-legal, las relaciones de propiedad- y de ese choque surge el movimiento de la historia. Recuerdo que recién salido de la escuela secundaria, en un curso de marxismo, un profesor nos explicó en un pizarrón el prólogo famoso de Marx en 1859 a la “Contribución a la crítica de la Economía Política”. Yo pensaba, mientras veía el esquema del profesor... “y nosotros, los que luchamos, los que queremos ser revolucionarios, los que pretendemos cambiar la sociedad y el mundo, ¿dónde entramos en ese esquema?” Estaban las fuerzas productivas, chocaban con las relaciones de producción, y sobre eso se elevaba una superestructura donde estaban las instituciones políticas, el Estado, las formas de conciencia social, en fin, todo el esquema clásico que siempre explica el marxismo ortodoxo...¿y nosotros qué papel jugamos? Los sujetos, sobre todo los sujetos colectivos, ¿dónde entramos en ese esquema? Menos refinado, menos sutil, menos erudito, pero el marxismo ortodoxo (principalmente el de factura soviética, aunque no sólo él...) llegaba a una conclusión muy parecida a la de los metafísicos académicos posestructuralistas: los sujetos no jugamos ningún papel, estamos desdibujados, somos pasivos... Eso pensaba el marxismo contra el cual polemiza el Che: tanto en el terreno del conocimiento (¡a “reflejar” la realidad objetiva...!) como en el terreno político (¡a esperar...que se den las condiciones objetivas...!). Con el tiempo, aprendimos que no era casual que no jugáramos ningún papel en ese esquema. Porque políticamente, los que defendían estas posiciones supuestamente “marxistas”, en el fondo pensaban que las revoluciones se hacen de manera automática, casi mágica, y que los revolucionarios tenemos que sentarnos a esperar que se produzcan las revoluciones. Y que éstas se producen por una natural evolución de la sociedad, no porque haya un sujeto que actúa. Fíjense que el libro de Toni Negri -que es mucho más elaborado, que no es tan grosero como este esquema- termina igual. Si ustedes leen Imperio, termina diciendo así: “El único acontecimiento que estamos esperando aún, es la construcción, o antes bien la insurgencia de una organización poderosa” . Y repite Negri: “sólo nos resta esperar la maduración del desarrollo político”.

Así termina este libro de Negri tan festejado y tan citado: “hay que esperar...”. Todo lo que hizo, y todo lo que escribió el Che, está contra esta corriente de pensamiento. ¡No hay que esperar! El Che planteaba que:

“no siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la Revolución”.

Desde esa óptica activista y praxiológica critica duramente a quienes: “

se sientan a esperar a que, en una forma mecánica, se den todas las condiciones objetivas y subjetivas necesarias, sin preocuparse de acelerarlas”.

¡Hay que actuar. La realidad se puede modificar!. Este era el núcleo metodológico de Marx cuando criticaba a Ludwig Feuerbach en sus famosas Tesis sobre Feuerbach (1845). Allí Marx cuestionaba al materialismo filosófico –que hoy tanto seduce a Toni Negri- por concebir la realidad únicamente bajo su aspecto “objetivo” pero no... “como práctica revolucionaria”. Textualmente sostenía Marx: “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior –incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensorialidad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo [...]

Por tanto, no comprende la importancia de la actividad «revolucionaria», «práctico-crítica»”.

¿No es éste el pensamiento más íntimo del Che Guevara? Creemos que sí, como también lo fue de las corrientes más radicales de la filosofía de la praxis (desde Lukács hasta Gramsci, pasando por Rosa Luxemburg y Trotsky, etc.,etc.). Esto no quiere decir de ningún modo que, arbitraria y caprichosamente, podemos hacer la revolución cuando se nos antoja. Eso sería, obviamente, una visión ingenua e infantil. Pero tampoco hay que sentarse a esperar que se haga.... Sobre todo... no esperar que la hagan otros...

Esa concepción del Che Guevara, que sostiene que en el eje está el sujeto, la plantea tanto para cuando él discute cómo hacer la revolución, como cuando analiza, ya después de haber tomado el poder, en una sociedad poscapitalista, qué papel juega el pueblo, qué papel juegan los trabajadores, qué papel juega el sujeto colectivo en la transformación permanente e ininterrumpida de la sociedad. En este sentido, no es casual que el Che recordara el Mensaje a la Liga Central de los comunistas.

Por ello sostenía que: “Marx recomendaba siempre que una vez comenzado el proceso revolucionario, el proletariado tenía que golpear y golpear sin descanso.

Revolución que no se profundiza constantemente es revolución que regresa”. El Che siempre pone el énfasis sobre lo mismo: no hay que sentarse a esperar - mirando la televisión, podríamos agregar nosotros hoy - sino hay que actuar. En El socialismo y el hombre en Cuba plantea que: “Las masas hacen la historia, como el conjunto conciente de individuos que luchan por una misma causa”. El pueblo, los trabajadores, hacen la historia. No son meros “soportes de ideología”, simples “portadores de relaciones sociales” o apenas “efectos del discurso y la vigilancia”, como piensan los estructuralistas o los posestructuralistas... Debemos, obviamente, estudiar y discutir si aumentó o disminuyó el número de trabajadores en la sociedad (estudiando empíricamente este proceso a escala mundial, no mediante fórmulas metafísicas y especulativas como las que sintetiza la expresión cinematográfica de Gorz “Adiós al proletariado” o como sucede con más de una expresión literaria de Michael Hardt y Toni Negri que no está abonada por ningún estudio empírico previo) pero la clase trabajadora sigue siendo un sujeto. Y cuando pensamos en la clase trabajadora no estamos pensando -como hacen Negri o Gorz- únicamente en París, sino también en la clase trabajadora de América Latina, en la clase trabajadora de Sudáfrica, en el trabajo masivo ultraexplotado de los llamados “tigres asiáticos”, así como también en los millones y millones de trabajadores y trabajadoras de ese gigante chino que se incorporó al capitalismo mundial de la mano del mercado. ¡Si queremos ser rigurosos, tenemos que mirar el mundo en términos realmente mundiales, no eurocéntricos!. Cuando hablamos del “sujeto” pensamos en el pueblo, en los trabajadores y trabajadoras de todo el mundo (donde se articulan las mujeres, los jóvenes, las minorías sexuales, etc,etc). Es la clase de los y las que trabajan y son explotados y explotadas: ese es el sujeto del que habla el marxismo revolucionario de nuestros días, el sujeto colectivo que interviene activamente para hacer la historia (y para intentar cambiarla). No es el sujeto individual, calculador, cartesiano y burgués –del cual Marx se reía llamándolo “Robinson Crusoe”, como la célebre novela de Daniel Defoe-. Toda la literatura filosófica de estirpe posmoderna y posestructuralista confunde invariablemente estas dos nociones diversas de “sujeto”. Por eso el Che Guevara plantea que: “La revolución se hace a través del hombre...”. Piensen que cuando el Che escribe esto, había estado leyendo a Hegel, a Marx (como cuenta en su carta de 1965), no utiliza caprichosamente esa formulación o emplea esas palabras por una simple casualidad... Y agrega: “...pero el hombre tiene que forjar día a día su espíritu revolucionario”. Por lo tanto, la revolución no se hace esperando que las fuerzas productivas -vaya a saber uno por qué...- en un momento de su evolución automática “choquen” con las relaciones de producción... El eje está en el sujeto, el eje está en los hombres y las mujeres, en el pueblo, en los y las trabajadoras.

El eje está en las masas. Por eso, aunque muchos lo hayan acusado de “foquista”, el Che plantea que “la guerra de guerrillas es una guerra del pueblo, es una lucha de masas. Pretender realizar este tipo de guerra sin el apoyo de la población es el preludio de un desastre inevitable”.

Para Guevara la guerra de guerrillas es solamente un método de lucha, no el objetivo en sí mismo.

Podemos y debemos (re)discutir desde nuestro presente político cuál es el método más apropiado y más útil para nuestra situación contemporánea y para la lucha contra la globalización capitalista. La fuerza del actual “movimiento de los movimientos” radica precisamente en que es un movimiento de masas. Allí, en las masas, está la fuerza potencial para cambiar la historia, pensaba el Che. El fondo del pensamiento de Guevara está justamente en esa concepción activista del marxismo donde el eje está en el sujeto o, en palabras del propio Marx, en “la práctica revolucionaria, la actividad práctico-crítica”. Para concluir, abordemos la problemática del hombre nuevo. Aquello que el Che plantea como alternativa, sin conocer (porque lo asesinaron antes) la filosofía del posmodernismo y el posestructuralismo. ¿Qué significa el “hombre nuevo”? Pues el nuevo sujeto, la nueva subjetividad. Esta temática no la inventa el Che. Guevara retoma este tema (era un apasionado lector...) del pensamiento de Marx. En el marxismo occidental europeo, este tema lo habían planteado Antonio Gramsci, Karl Korsch, György Lukács, Herbert Marcuse, Henri Lefebvre, y otros. Son los más conocidos a nivel mundial. En Argentina y en América Latina, ¿quién fue uno de los primeros que depositó en el eje central de la concepción del mundo marxista de la sociedad y de la historia al sujeto, y planteó que el socialismo debía ser -antes que nada– “la construcción de una nueva subjetividad”? Fue Aníbal Norberto Ponce (1898-1938) quien escribió el libro Humanismo burgués, humanismo proletario. De allí el Che posiblemente adopta esta idea: “En «El Capital» Marx se presenta como el economista científico que analiza minuciosamente el carácter transitorio de las épocas sociales y su identificación con las relaciones de producción [...] El peso de este monumento de la inteligencia humana es tal que nos ha hecho olvidar frecuentemente el carácter humanista (en el mejor sentido de la palabra) de sus inquietudes. La mecánica de las relaciones de producción y su consecuencia: la lucha de clases, oculta en cierta medida el hecho objetivo de que son los hombres los que se mueven en el ambiente histórico. (“Sobre el sistema presupuestario de financiamiento” [febrero de 1964]). ¿Por qué “en el mejor sentido de la palabra”? Pues porque la derecha también se reclama “humanista”. ¿Cuál era el humanismo, “en el mal sentido de la palabra”? Éste que cuestiona Aníbal Ponce en su Humanismo burgués, humanismo proletario, el humanismo que concibe al sujeto sólo en términos individuales y aislados, en la línea de las “robinsonadas” en el lenguaje de Marx.

El humanismo burgués sería el humanismo en el mal sentido de la palabra. Ponce hace una larga lista de pensadores que él considera humanistas y antecesores de Marx: Erasmo de Rotterdam, Giordano Bruno, William Shakespeare, J.W.Goette y, en el siglo XX, Romain Rolland. Aníbal Ponce predicó la necesidad de concebir al socialismo y al comunismo como una construcción permanente de “una nueva cultura y un hombre completo, íntegro, no desgarrado ni mutilado, un hombre absolutamente nuevo”.

Estas líneas que parecen escritas por el Che en los ‘60, están publicadas 30 años antes...En gran medida, la obra de Ponce –como antecedente del Che- constituye un paralelo latinoamericano del humanismo del joven Lukács y de Gramsci (por lo menos en el terreno filosófico, no así en otros ámbitos más discutibles como su temprana adhesión a las ideas de Sarmiento, que luego revisa en su exilio mexicano, pero eso es materia de otros debates). Nos queda entonces para discutir en otro momento, qué papel juega el hombre nuevo, en esta discusión sobre los estímulos morales y los estímulos materiales en el socialismo. Ese debate enfrentó a los que creían que el socialismo se podía construir apoyándose en el mercado, y los que creían que el socialismo mercantil es algo incompatible con un proyecto comunista a largo plazo. El Che Guevara se encontraba entre éstos últimos. Él pensaba que la supervivencia de la mercancía y del mercado en la transición socialista traerían aparejada, a la larga, una crisis política. Entonces, intentando sintetizar lo que conversamos hoy, podríamos decir que: Primero: sin plantearse el problema de la lucha contra el Estado capitalista y sin perseguir el poder político como meta estratégica, toda lucha se castra de antemano. Se queda limitada a un fragmento “micro”, a un ámbito de gobierno y/o administración local. La impotencia política circunstancial y coyuntural se vuelve programa filosófico, se convierte en eterna y natural. Nosotros pensamos que no hay que resignarse al gobierno de un municipio, al poder “micro”, a la administración en el barrio, en la escuela, únicamente.

Esto no quiere decir que esas luchas puntuales y locales no sirvan para nada. ¡De ningún modo!.

Sirven y mucho.

El caso de las luchas por la tierra y por el poder del Movimiento Sin Tierra (MST) en Brasil, por ejemplo, aclara mucho en este sentido. Los Sin Tierra dan una lucha local y puntual, pero siempre dentro de un proyecto estratégico global y siempre teniendo como meta a largo plazo el poder político. Las luchas “micro” sirven al pueblo y son muy útiles a los trabajadores si están insertas en un proyecto más amplio. Lo mismo se podría plantear para las fábricas recuperadas en Argentina o para el caso de los comedores populares y los obradores del movimiento piquetero argentino. Si estas luchas quedan aisladas en el fragmento –como prescriben los filósofos académicos del posestructuralismo francés y sus entusiastas portavoces latinoamericanos- van al fracaso. Pierden de antemano, antes de empezar a pelear.

Nada mejor para los poderosos, para los capitalistas, que cada sector del pueblo se quede peleando solitariamente y de manera aislada y fragmentaria en su cuadra, en su barrio y su región... Los capitalistas miran el mundo a nivel global (así operan...) pero prescriben para los anticapitalistas luchas fraccionadas, puntuales y microscópicas sin ninguna coordinación orgánica ni articulación estratégica general... Los capitalistas manejan el poder político de los Estados, pero prescriben a los sectores anticapitalistas que se resignen a la IMPOTENCIA y no luchen por el poder político...

“La política y el poder –nos susurran al oído- son sucios”... “el Estado te mancha”...”mejor quedate en tu barrio, en tu cuadra y en tu región”.

Segundo: sin plantearse la categoría de sujeto, lo único que nos queda... es esperar. Sí, esperar, esperar y esperar.... Porque si sólo somos “soportes de estructuras”, “efectos del discurso”, “residuos de la ideología”, “resultados de la disciplina”, pues entonces...la revolución es imposible. ¿cómo cambiar la sociedad sin revolución? ¿Solamente a partir de la administración local de un barrio? Sin sujeto...sólo nos queda la pasividad, la objetividad natural y la evolución automática. Resignémonos a mirar la televisión y esperar que la evolución de la globalización nos traiga un viento más favorable.... ¿Estamos de acuerdo con la espera pasiva? Pues entonces animémonos a empezar a recuperar en el terreno teórico esta categoría de sujeto (aunque no esté de moda en la Academia...).

Tercero y último: si no planteamos la lucha revolucionaria y el socialismo desde un punto de vista humanista, ¿cuál es la alternativa? ¿Qué es el socialismo? Ya tuvimos una experiencia bastante trágica en el siglo XX de un socialismo no humanista, donde el eje estaba en el Estado, en la autoridad, la obediencia ciega, la burocracia, la jerarquía y el reino irracional de la tecnología como demiurgo de la historia. A la larga, en lugar de ayudar al socialismo, esa cosmovisión terminó por hundirlo y derrumbarlo bochornosamente y sin dignidad... Aunque no esté de moda, creemos que hay que repensar y recuperar el tema del humanismo hoy. En la sociedad argentina, que tiene la mitad de la población por debajo del nivel de la línea de la pobreza, y millones de trabajadores desocupados, de chicos y chicas que comen de la basura, obviamente, que para nosotros los argentinos, lo primero que debería hacer un poder revolucionario es darle de comer a la gente. ¡Eso está fuera de discusión!. Lo que nos tenemos que plantear es si el socialismo consiste solamente en darle de comer a la gente... En una carta a Franz Mehring, Rosa Luxemburg decía: “El socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo”. Obviamente, que sin el cuchillo y el tenedor –sin la comida- no hay cultura. Pero, con el Che Guevara creemos que el socialismo del futuro tiene que ser mucho más ambicioso, no quedarse en darle de comer un plato de comida a cada persona.

“Simultáneamente con la base material hay que crear al hombre nuevo”. Es el uno de los tantos desafíos que tenemos por delante. Vale la pena intentarlo.

Agudización de la precarización de la clase: 1976 – 2010

El 24 de marzo pasado se ha cumplido 34 años del golpe cívico militar ocurrido en el año 1976, hoy llamado “día de la memoria verdad y justicia”.

Dicho golpe estratégicamente ejecutado ha dejado consecuencias devastadoras para la clase obrera y el pueblo en general.

Con la desindustrialización, intervención de los sindicatos, persecución, desaparición, torturas y asesinatos de los dirigentes y bases combativas, la patronal por medio de la dictadura logro golpear fuertemente las organizaciones obreras, revolucionarias y combativas en general, dejando en retroceso la unidad y solidaridad de clase.

Por otro lado la dictadura sello a fuego con su plan económico: congelo salarios que genero una fuerte caída del ingreso, 40% entre 1976 y 1980, se otorgaron millonarios subsidios a las empresas, creció la desocupación y la pobreza que era del 5,8% en 1974, al 12,8% en 1980 y al 37,4% en 1982. La deuda externa se elevó de 7.875 millones de dólares al finalizar 1975, a 45.087 millones de dólares al finalizar 1983, gracias a -entre otros- Domingo Felipe Cavallo. Deuda que el pueblo sigue pagando con explotación y más empobrecimiento debido a los ajustes impuestos, que se continuaron posteriormente en los gobiernos “democráticos”.

El plan económico favoreció a aumentar la desigualdad entre los que más tienen con los que menos, extendiendo la brecha entre ambos sectores. En los ´80 el 10% mas rico obtenía 15 veces más que el 10% más pobre, en los ´90 paso a ser 19 veces la diferencia, en el 2000 24 veces y en el 2007 los mas ricos obtenían 35 veces mas. Lo que genero que la participación de los trabajadores en el valor agregado bruto pase del 48,5% en 1974, al 43% en 1993 y 30% en el 2006. Esta terrible desigualdad ha demostrado como desde la dictadura hasta la actualidad, todos los gobiernos han favorecido los intereses de los sectores económicamente más poderosos, nacionales e internacionales, mediante la aplicación del neoliberalismo.

Para favorecer esta situación el individualismo y la precarización laboral han ayudado para dispersar la fuerza del pueblo trabajador. Muestra de esto es el escaso nivel de organización sindical existente en los puestos de trabajo, como primera herramienta de los trabajadores en defensa de sus intereses. En la actualidad el 92% de las empresas con menos de 50 asalariados no tienen delegados, y en lugares con más de 200 trabajadores la cifra desciende al 47%, obteniendo un total de 87% de los lugares de trabajo donde no existen delegados. Respecto de los afiliados se podría decir que en Gran Buenos Aires el 65% del total de los trabajadores que están con contrato o planta permanente no están afiliados, y en el interior la cifra es cercana al 53% según datos oficiales. Pero esta situación se agrava si consideramos que existe un 36% de los trabajadores que se encuentran en condiciones ilegales, mal llamadas en “negro”, que no poseen ningún derecho incluido el de afiliación.

La precarización que sufre la clase no esta solamente en la malas condiciones de quienes tienen trabajo, sino también el enorme ejercito de desocupados estructurales que existen y son funcionales a los intereses de las patronales a fin de bajar nuestro salario y favorecer la competencia entre los trabajadores. La desocupación aumento, como decíamos anteriormente, luego del cambio del modelo de producción impuesto durante la dictadura y continuado posteriormente. Mientras que en 1974 era del 4,2% promediaron el 12% en la década menemista y alcanzaron el 22% al llegar el 2000. A su vez, en la actualidad, los salarios reales tienen un retroceso del 51% respecto al año ´74. Si tenemos en cuanta lo que se le viene quitando al trabajador producto del congelamiento de los salarios y al aumento de la producción, la patronal desde el año 1992 al 2004 le quito a los trabajadores 33.548.000.000 de dólares. Caso ejemplificador de esto es del sector automotriz, que en la segunda mitad de la década del 90 la producción aumento un 62% mientras que los salarios se mantuvieron congelados. En los últimos 10 años tuvo un aumento que ronda el 97% de su producción mientras que los salarios cayeron un 24%, levemente mejorados en los últimos convenios.

El avance sobre los derechos del trabajador por parte de la patronal no podría ser posible sin la complicidad del estado y el accionar incansable de la burocracia sindical, que traicionan los intereses de la clase engañando a los trabajadores y defendiendo los intereses patronales como si fueran los suyos. También otro tanto se le podría machacar al fraccionamiento de las organizaciones denominadas de la izquierda argentina, que no lograron en todos estos años recoger los intereses de los trabajadores y defenderlos cabalmente frente a las arremetidas de la patronal, su estado y lacayos.